No habrá otro como él. Morante de la Puebla ha vuelto a hacer historia, una vez más, en La Maestranza de Sevilla. Jamás se olvidará la lidia antológica al cuarto toro de la tarde, perteneciente a la ganadería de Álvaro Núñez. El saludo capotero con el cuerpo pegado a las tablas, a una mano, fue una auténtica obra de arte. Una oda al pasado. Un derroche de valor y de entrega en cada lance. No importó que el toro se marchara suelto, aquello adquirió una dimensión que sumergió a la plaza en un trance, en un viaje al pasado. Ya en el tercio, Morante se rompió a torear por verónicas, asentado, con empaque, meciendo al toro en los vuelos del capote, pasándoselo por la barriga. Sensacional. La plaza en pie, convertida en manicomio, y haciendo sonar la música.
Muy torero lo dejó en el caballo, y desatado estuvo en el posterior quite por tijerillas. De nuevo la plaza en pie, y casi sin respiro, se cambia el tercio y Morante pide los palos. Con la montera calada. Suena la música, y coloca dos pares de gran exposición. Uno hacia adentro, el otro sin colocar, hacia afuera, con mucho valor y complejidad. En el tercero, Morante pide una silla, y la plaza entra en estado de estado de éxtasis. Con la pierna cruzada, con una naturalidad pasmosa. Con una estampa de otro siglo. Y un par al quiebro que desata la locura, con Sevilla rendida y en pie. Pelos de punta y locura absoluta en los tendidos.
Cambian el tercio, y Morante de nuevo se sienta en la silla para iniciar la faena. Aquello fue magnifico, solo verlo, y vivirlo, histórico. Arrancó sentado con unos torerísimos ayudados por alto, y un muletazo sensacional, con el toro llevándose por delante la silla y Morante resolviendo con capacidad e improvisación. Lo que vino después… también es historia del toreo. Completamente entregado, asentado, cuajó al toro en series de toreo ceñido, de gran profundidad. Con el mismo valor con el que lo recibió de inicio, con el capote, lo toreó después, con la muleta. Por el derecho, enroscándoselo, vaciándolo por detrás de la cintura. Exigiéndolo mucho. Muy firme. Al natural, bordó el toreo, con largura, con temple. Con una capacidad fuera de lo normal. Un muletazo, en redondo, puso boca abajo a La Maestranza. No tuvo fin. Contra cualquier lógica y sentido. Qué barbaridad.
Le sacó todo lo que tuvo el noble pero justo -de todo, también de presencia- y soso toro de Álvaro Núñez. Difícil, o imposible, crear una obra de dimensiones tan sobrenaturales con tan poco. Una obra solo al alcance de Morante. Un regalo al toreo, a la afición y a la vida. Una faena de rabo, y porque no hay más… Pero cosas del destino, el acero se lo llevó. Tres pinchazos. Varios golpes de descabello. Una petición de oreja no atendida por el palco, pero qué más dan las orejas y los rabos cuando se ve algo tan maravilloso y único. Lo vivido va más allá de orejas y de premios. Morante hizo historia en Sevilla, y Sevilla se entregó a él, con palmas por bulerías, con ovaciones eternas, con ramos, puros y demás regalos, con lágrimas y los bellos de punta… en dos vueltas al ruedo eternas. Como su toreo. Porque en él están siglos de tauromaquia. La historia en sí misma. Tantos y tantos toreros. Pero como Morante, no hay más, ni habrá. Histórico.
Tras dar muerte al sexto toro, el pueblo de Sevilla se echó al ruedo para llevarse a hombros a Morante en una imagen de otro siglo. Con el ruedo completamente inundado de jóvenes y aficionados al grito de «¡Jose Antonio, Morante de la Puebla!», dieron una emocionante vuelta al ruedo y trataron de llevárselo a hombros por la Puerta del Príncipe, pero la Policía y las autoridades lo negaron. A punto de formarse un auténtico altercado público. Finalmente, lo sacaron por la puerta de cuadrillas hacia las calles de Sevilla. Locura auténtica por las calles de la ciudad.
Junto a Morante, trenzaron el paseíllo Juan Ortega, que saludó una ovación con el segundo toro; y Víctor Hernández, que tuvo un notable debut en Sevilla, cortando una oreja al tercero y saludando una ovación tras petición frente al sexto. Ortega, que recibió a portagayola al segundo toro, dejó buenos capotazos en el saludo, un meritorio y torero quite por chicuelinas al primero y varias tandas de derechazos meritorios y muy templados. Al natural, pitón más complicado del toro, no logró sobreponerse a las complicaciones del animal y la faena tampoco acabó de redondearse. Frente al quinto, de deslucido juego, no tuvo opción. El torero madrileño Víctor Hernández cayó de pies en su debut en La Maestranza de Sevilla. Tras un improvisado saludo capotero, que terminó con una larga de rodillas, pasándoselo muy cerca, Víctor Hernández quiso brindar el toro de su debut al público. Por estatuarios inició la faena en el tercio, completamente inmóvil, con mucha quietud y valor. Tras una primera serie de derechazos encajados y con empaque, el madrileño cambió pronto a la mano izquierda, en la que basó su faena. Importante faena, hilada poco a poco a base de naturales profundos, largos y encajados. La nobleza del toro de Álvaro Núñez, al que le faltó más raza y transmisión, obligó al torero a ponerlo todo él, y lo logró con mérito e importancia. Cortó una merecida oreja, y a punto estuvo de cortar otra al sexto, de embestidas más descompuestas y de menor entrega, a base de esfuerzo y firmeza. Saludó otra ovación tras petición minoritaria.
