Yuncos (Toledo) es distinto. Allí se respira respeto y culto al Toro en cada calle. Ayer, en el marco de sus fiestas patronales, su toro enmaromado volvió a congregar a miles de personas y aficionados. Todas ellas reunidas con un mismo objetivo: disfrutar del toro, y de una tradición que merece más respeto y visibilidad del que muchos ‘aficionados’ y profesionales le tienen y le dan. Ayer, no era un día cualquiera. Ayer, Yuncos exhibía un toro nada más y nada menos que de la ganadería de Reta de Casta Navarra. Un gran reto, tan arriesgado como apasionante, a la altura de un pueblo que no deja de superarse. La expectación fue enorme, y el reflejo de ello fue su plaza abarrotada, hasta el punto de que mucha gente no pudo ni entrar a ella, y sus calles fueron una marea de gente delante y tras el toro.
La salida del cajón de «Grandioso» fue solemne, elegante, imponente. Fue un momento para admirar al toro, de un trapío y presencia espectacular. Ni un cite, ni una persona cruzándose. El toro se presentó en el centro del ruedo, antes de barrer las tablas, barbeándolas, y estando a punto de alcanzar a varias personas antes de salir hacia las calles de Yuncos, con cierta fuerza. A los pocos metros, tras sobrepasar el tramo de talanqueras, se abrió hacia campo abierto y a punto estuvo de llevarse por delante a un hombre, que libró de milagro la cogida. Siguió con fuerza la carrera el de Reta, que poco después comenzó a mostrar un comportamiento ciertamente reservón, incierto, aunque siempre transmitiendo peligro y miedo. Imponía hasta parado. Y cuando se encampanaba… eso eran palabras mayores. Con un trote andarín fue avanzando, y sin llegar a entregarse, sorprendió en cada calle abierta con algunas arrancadas peligrosas. Siempre atento a cada movimiento. Avispado.
Tras pasar por la zona de las escuelas, el de Reta aprovechó la inercia de la bajada para imponer un ritmo mayor, y alcanzar el final de la calle, donde se le paró, cantó y bailó, en un exigente tramo. Cierto es que luego le volvió a costar arrancar y avanzar, manteniendo un comportamiento complejo e incierto, costoso siempre para los maromeros. Pero tras cruzar la carretera que atraviesa la calle Real, el toro apretó y completó esos últimos metros previos a la plaza en una carrera lucida, emocionante y vistosa. Como si fuera un último regalo a todos los allí presentes. Ya en la plaza, se vivieron momentos de tensión. Cuando se le trató de cortar la maroma, junto a un burladero, a punto estuvo de dar un buen susto -colándose al callejón- a las decenas y decenas de personas que se encontraban en el callejón. Afortunadamente aquello no pasó a mayores, y el toro, tras unos minutos de esfuerzo y varios intentos por guiarle hasta los chiqueros, fue de nuevo ‘enmaromado’ para que entrase a los corrales entre aplausos. El ganadero, Miguel Reta, fue ovacionado y manteado en un final emotivo. Reto superado.
