• Crónica e imagen vía: PATRICIA PRUDENCIO

Velilla de San Antonio abría su Feria Taurina con una novillada de San isidro y Toros de Tenorio. La terna estaba compuesta por Álvaro Burdiel, Marcos del Rincón y Álvaro de Faranda. Los erales manifestaron obediencia, humillación con embestidas ordenadas y pulcras en las que se dejaron llevar, pero con límite. No se supo medir la concentración de los animales y se les emborrachó de naturales, no se hacen mejores faenas por el exceso, sino por la calidad. Algunos acudían a tablas, marcando querencia, sin embargo, el cuarto fue un eral incombustible que demandaba tela, vaciaba su embestida y mantuvo el movimiento hasta el final. En la terna cabe destacar a Álvaro Burdiel, que demostró su desparpajo y determinación sin deslucir el último tercio. Supo sujetar las embestidas, mimándolas y sacando provecho a las condiciones de su lote. A Marcos del Rincón, sin embargo, le faltó ese punto de transmisión, estirarse en la tela, dejársela bien puesta por debajo del morrillo y tirar. Pasó sin pena ni gloria, salvo por la oreja que cortó al quinto. Álvaro de Faranda, carácter y genio en la muleta. Se excedió en la faena, cuando tenía al público prácticamente con él. Velilla puede sacar un balance claramente positivo del inicio de su feria con un total de cuatro orejas, cuatro toros aplaudidos en el arrastre y uno de vuelta al ruedo.

Álvaro Burdiel recibió a «Subversivo» en un saludo al que le faltó temple, pero que se pudo compensar gracias a que el eral repetía por abajo planeando y buscando la tela. El inicio de faena se resumió en muletazos de tanteo con los que le sacó al paso, ahora sí, con mucha más despaciosidad. Seguía a buen ritmo los engaños, siempre y cuando no fueran muletazos atropellados y caóticos. Habia que construir tandas lentas y por abajo, dejándosela puesta, en naturales largos y con profundidad, pues había recorrido y obediencia. Le daba salida y pronunciaba los vuelos de la franela gracias al temple y el giro de muñeca que lo dejaba dentro con fijeza. El eral intentaba abstraerse de la faena, rajándose, sin embargo, aguantó la faena siguiendo los engaños, pero sin excederse. Mató con un acero ligeramente caído.

«Pegajoso», corto y algo suelto salió el segundo de la tarde, que le tocó en suerte a Marcos del Rincón. Lo sujetaba y cuidaba, con un inicio de faena atalonado y guiado por la ayuda. Le costaba entrar al cite, pero después obedecía y seguía la franela con celo. Marcos del Rincón quiso prolongar su embestida, sin embargo, no conseguía el juego con los vuelos para encontrar esa ligazón. El animal demandaba un sometimiento exclusivo y exhaustivo que le obligara a repetir en el engaño. Había que citarle por abajo con una muleta delantera que lo enganchara. Cerro por unas manoletinas a las que le faltaron ligazón. La espada hizo guardia.

Álvaro de Faranda no supo estirar ni ligar el saludo capotero, pues el astado venía cruzado y no lo hacía fácil. El tercio de banderillas fue un oasis gracias al lucimiento y empeño de José Arévalo que supo arquearse en la cara del astado. Con la muleta le costó varios muletazos meterlo en la tela y encauzar su embestida. Además, empezó a dotar el último tercio de ritmo, aunque el eral solo aguantara dos naturales seguidos. Faranda no le encontraba el punto a un astado que seguía suelto y sin interés en la franela. Requería mano baja y distancias cortas que no le dejarán rajarse, sin embargo, el espada terminó toreando en la querencia, pues no se le podía llevar la contraria. Ejecutó una tanda por el pitón derecho, bien llevada, en la que ambos encontraron el compás, por abajo, llevándolo metido. El eral perdió interés en la tela, ya solo se defendía. Mató sin acierto.

Álvaro Burdiel enceló a «Cantaclaro» con un saludo de menos a más en el que dejándoselo por delante logró encelarlo. El último tercio encontró tandas largas y ligadas en las que un astado, incombustible, obedecía con fijeza y continuidad en la franela. Burdiel aprovechaba la inercia para engancharlo y construir series lucidas en las que después aprovechó la distancia. Sin embargo, no le llevó con la muleta recta, sino que buscaba el vuelo para alargar la embestida, dejársela puesta y tirar de él para iniciar un nuevo muletazo. Logró transmitir, pues el astado obedecía entrando al cite con profundidad y determinación por abajo, con una embestida pulcra en la que colocaba y humillaba. Había que hacerle las cosas muy despacio pero sin aburrirle, sin abusar, pues el animal seguía los engaños con recorrido, ensimismado en la tela. La espada, aunque fue buena, empañó ligeramente la faena.

«Saltarín» se sometió en el capote de Marcos del Rincón, buscaba la tela, por el derecho humillaba. En el último tercio empezó a educar su embestida, le recibió en la muleta genuflexo para después sacarlo a los medios. Era variable y salía por arriba, había que llevarlo en largo e ir ligando muletazos. Le citaba y le daba salida con los vuelos creando naturales infinitos en los que el astado, metido en la tela, seguía hasta el final, sin protestar. Sin embargo, en cuanto alejaba los vuelo del morrillo y no tirabas de él acudía a tablas. Todavía quedaba faena por lo que había que sacarlo de aquellos terrenos y llevarlo a los medios. La embestida dejaba de ser rectilínea cuando se le sometía por abajo y dejándole la franela delantera. Tampoco se le debía dejar pensar, aunque si respetar su sitio y tiempo, mimando sus condiciones. Repetía con movimiento, además, del Rincón optó por no llevarle la contraria y torearlo en la querencia, donde el astado siguió obedeciendo con garbo al cite. La estocada quedó en lo alto pero fue poco efectiva, doblaría con el descabello.

Álvaro de Faranda apostaba por «Huertano», lo recibió con tres largas afaroladas de rodillas. Lo recibió en la muleta del mismo modo, de rodillas. Muy despacio aprovechaba las distancias largas y su inercia para después acortar las distancias y llevarlo en corto, con naturales muy ajustados. Le bajó la mano y le dio salida, alargando los muletazos, no tenían fin, le dejó el brazo atrás y continuó con el giro de muñeca. Lo abría y lo retomaba con garbo y recorrido. El astado seguía con fijeza el engaño humillando y colocando la cara, salía buscando la tela, quería más. La faena calaba en los tendidos, no había pausa ambos se marcaron un ritmo en el que se dejaron llevar ralentizando el tiempo, toreandole hasta final, cuajando las tandas. La mano izquierda marcaba el final de una faena en la que los último compases se deshicieron con el exceso. Mató al tercer intento.

Francisco de Benito estuvo firme y contundente con el añojo. Se medía a un ejemplar justo de fuerzas, corto, aunque con fijeza y repetición en la tela. Había que obligarle al tiempo que se acariciaba su embestida para aguantarlo hasta el final. Fue prendido sin consecuencias hasta en dos ocasiones. Le faltó quizá esa torería y descaro. Fue premiado con la vuelta al ruedo.

Velilla de San Antonio (M). Ejemplares de San Isidro y Toros de Tenorio. Unos astados que manifestaron obediencia, humillación con embestidas ordenadas y pulcras en las que se dejaron llevar, pero con límite. Álvaro Burdiel: oreja y oreja; Marcos del Rincón: palmas y oreja; Álvaro de Faranda: silencio y oreja; Francisco de Benito: vuelta.


 

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