El veterano torero de plata valenciano Luis Blázquez se despedirá este domingo de los ruedos en la Real Maestranza de Sevilla, poniendo fin a más de tres décadas como banderillero y a una vida prácticamente entera vestido de torero. Lo hará a las órdenes de Borja Jiménez, junto al que ha vivido sus dos últimas temporadas y al que ha visto terminar de conquistar un sitio en la cabeza del escalafón. Sevilla, tantas veces escenario de algunos de sus recuerdos más importantes, será el lugar elegido para bajar definitivamente el telón.
«Nunca pensé que mi carrera iba a ser tan extensa y tan bonita», reconoce Blázquez a pocos días de una despedida que vive con una mezcla inevitable de emoción y orgullo. «Tener una despedida en Sevilla, donde afortunadamente he toreado tantísimas tardes con tantísimas figuras del toreo y donde tengo tantos buenos recuerdos, para mí es muy importante y significativo». No será una plaza más para decir adiós. La Maestranza ha formado parte esencial de su trayectoria y ahora será también el último escenario de una carrera extraordinariamente longeva.
Su historia comenzó mucho antes. Con apenas 13 años ingresó en la Escuela de Tauromaquia de Valencia, empujado por una afición que había sentido desde niño. Toreó numerosas novilladas, llegó a debutar con picadores y actuó en dos novilladas picadas en Valencia, donde incluso cortó orejas. Quiso ser matador de toros, pero pronto comprendió la enorme dificultad de aquel camino y encontró otra manera de desarrollar su vocación. En 1993 se hizo banderillero y comenzó una trayectoria que terminaría llevándole a las cuadrillas de algunos de los toreros fundamentales de las últimas décadas.
Vicente Barrera y Pedrito de Portugal fueron los primeros. Después llegaron Miguel Báez ‘Litri’, Juan José Padilla, Finito de Córdoba, Morante de la Puebla, José María Manzanares, Sebastián Castella y, finalmente, Borja Jiménez. Especialmente extensa fue su etapa junto a Manzanares, con quien permaneció dieciséis temporadas. Una nómina que permite medir la dimensión de su carrera: distintos conceptos, generaciones y momentos del toreo unidos por la presencia discreta de un hombre que hizo precisamente de esa discreción una de sus señas de identidad.
Blázquez evita establecer categorías entre quienes le dieron sitio en sus cuadrillas. «Todos ellos me han tratado con muchísimo respeto y muchísimo cariño, al igual que yo a ellos, y por eso siempre me he entregado para estar a sus órdenes». De cada uno conserva algo. Habla del señorío del Litri, de la dimensión de Morante, de la capacidad artística de Manzanares, del genial concepto de Finito o de la palabra (y el toreo valeroso) de Castella. Y cuando llega a Borja Jiménez aparece inevitablemente la emoción de estos dos últimos años: «He aprendido mucho también con él, por su ambición y porque siempre lo he visto cumplir sus objetivos. Estoy muy orgulloso de que se haya hecho figura del toreo estando yo a sus órdenes».
Por eso tiene tanta carga simbólica que sea precisamente Borja quien le corte el añadido en Sevilla. Blázquez ha querido cerrar su carrera dentro de una cuadrilla en la que se ha sentido partícipe de algo importante. «Para mí va a ser un día muy especial», confiesa. Y hay una frase que resume el vínculo adquirido con la ciudad y con su plaza: «Retirarme a sus órdenes y en su Sevilla, que a la vez considero también un poco mía».
Más de treinta años en los ruedos dejan imágenes imposibles de ordenar. También heridas. Cuando busca los recuerdos más duros aparecen los percances sufridos por compañeros y amigos, y las cornadas que él mismo ha tenido que superar, especialmente algunas de las últimas, «muy duras». Cuando mira hacia el otro lado de la balanza surge una colección interminable de tardes grandes: las vividas con Manzanares en La Maestranza, el indulto de ‘Arrojado’, la tarde de Borja Jiménez con el indulto del toro de La Quinta en Bilbao o la Puerta Grande de Madrid del sevillano con “Milhijas”, de Victorino Martín. Son apenas cuatro fotografías dentro de miles de kilómetros, plazas, hoteles, patios de cuadrillas y tardes vestido de luces.
Y quizá ahí se encuentre la mejor definición de lo que Blázquez ha querido ser. Cuando se le pregunta por los toreros de plata que marcaron su manera de entender la profesión, no habla únicamente de facultades. Habla de discreción. Recuerda especialmente a dos hombres: Curro Molina, un veterano compañero con el que coincidió en la cuadrilla de Finito de Córdoba, y Juan Cubero, al que define como «muy poderoso», además de un profesional capaz de atravesar las ferias sin reclamar para sí un protagonismo que pertenecía al matador.
Esa misma idea aparece cuando dirige sus últimas palabras a quienes ahora comienzan. Y ahí desaparece cualquier nostalgia para dejar una declaración sobre la profesión que ha ocupado prácticamente toda su vida: «Que tengan afición, que no prostituyan la profesión. Esta es una profesión muy digna, es una profesión de hombres y en la vida, con sacrificio y con esfuerzo, todo se consigue».
El domingo quedará todavía una última tarde. Luis Blázquez volverá a cruzar el patio de cuadrillas, hará el paseíllo detrás de Borja Jiménez y pisará una arena que conoce perfectamente. Después llegará el momento del último puntillazo y, si todo sucede como ha imaginado, será Borja quien le corte el añadido. Más de tres décadas después de hacerse banderillero, el niño valenciano que quiso ser torero habrá conseguido algo bastante más difícil que una tarde de triunfo: poder elegir cómo, dónde y junto a quién decir adiós. Y ha elegido Sevilla.
