Morante, un adiós doloroso…

Dicen que hay momentos que te marcan para toda la vida, y hechos que te desgarran por dentro como si te estuvieran arrebatando el mismísimo corazón. El 12 de octubre de 2025, lo que vivimos en la plaza de toros de Las Ventas, fue una mezcla de ambas. Fuimos felices, inmensamente felices, como niños viajando en el tiempo, pero también lloramos desconsolados, añorando ya aquello que estábamos perdiendo de nuestras vidas, sin esperarlo, o mejor dicho, sin querer aceptar que eso mismo, tarde o temprano, acabaría sucediendo. Ha pasado casi una semana desde que Morante de la Puebla decidiera, en un acto de tremenda sinceridad, transparencia y valentía, quitarse la coleta -que no cortársela- ante la mirada rota y angustiosa de más de 20.000 mil personas, y otras tantas mil que lo seguían por las cámaras de televisión, y todavía, hoy, no somos capaces de asimilarlo. Dicen que en la vida hay que saber dejar marchar a las personas… pero qué duro es sentir que nos arrebatan aquello que tan felices nos ha hecho. Qué tantas tardes nos ha despertado la ilusión por verle. Qué duro.

«No puedo más«, reconoció Morante, roto. Abatido. Con el corazón desnudo. Con el alma al descubierto. Y nosotros, lloramos con él. Nos llevamos las manos a la cabeza mientras él, con un paso firme pero pausado, como su toreo, caminaba hacia la eternidad, que le esperaba ya en el centro del ruedo. Muchos ya sabíamos, o intuimos lo que eso podía significar… pero cuando sus dos manos se elevaron hacia su cabeza, un crujido nos partió el alma, nos heló la piel, y nos arrancó las lágrimas. Algunos nos abrazamos, otros tragaron saliva en silencio, hubo quien aplaudía, y quien se quedó en shock, sin saber ni siquiera qué decir. Cuando Morante se despidió, con el brazo en alto y su coleta en la mano, con la mirada llena de tristeza y dolor, y su rostro lleno de lágrimas… nosotros ya nos sentíamos huérfanos.

El toreo no se acaba con su marcha. Pero sí se cierra una etapa brillante, grandiosa, para la Fiesta. El pasado domingo no se despidió un torero cualquiera -tampoco el maestro Robleño, con un historial admirable e intachable, lo es-, se despidió el torero con más valor, generosidad y trascendencia de nuestra época, y para muchos, de la Historia. Morante ha demostrado ser un apasionado por la historia del toreo, aunando en su toreo a toreros de épocas pasadas, y siendo capaz de aupar sobre sus hombros el futuro de la Fiesta en uno de sus momentos más delicados, y todo, a pesar de sufrir una enfermedad de tremenda complejidad, y dureza. Morante ha sido tan generoso, que ha sido egoísta consigo mismo. Sobrepasando la lógica, la capacidad humana, y olvidando su cuerpo, para entregar su alma al toro, y al toreo, en cada tarde de esta histórica temporada. En cada verónica ceñida y templada, en cada derechazo hondo y encajado, en cada natural eterno y profundo, en cada volapié ofreciendo al toro su vida. Morante se ha ido, pero su grandeza, su historia, su toreo… trascenderá épocas.

En los años en los que las broncas se contaban por decenas y decenas, siempre se decía aquello de: «mañana va a venir tu madre a verte… y yo». Pues dicho y hecho. Morante, si decides que esto es un punto final, te añoraremos eternamente. Pero si algún día, decides volver, nos encontrarás en el mismo sitio en el que te dijimos adiós, entre lágrimas: en el tendido. Mientras tanto, seguiremos tratando de asimilar tu marcha, seguiremos combatiendo esa soledad, esa desilusión… seguiremos recordando un día que ya ha marcado eternamente nuestras vidas como aficionados.

Morante… Gracias por tanto… y hasta siempre. O hasta pronto. Lo que tú decidas. 

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