El Juli abre su séptima Puerta del Príncipe; Sevilla sumergida en el triunfalismo

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En Sevilla hasta la lluvia trae cosas buenas y el chirimiri que cayó instantes antes de romper un nuevo paseíllo en La Maestranza templó el aire y paró el viento en el coso del Baratillo. Rompió el paseíllo en Sevilla bajó un magnífico ambiente de toros. Se acabó el papel en la taquilla con un cartel de relumbrón: El Juli, José Mari Manzanares y Pablo Aguado. Estos dos últimos, coincidieron incluso en el traje. Dos ternos de azabache muy ‘toreros’ lucieron ambos toreros. Rompió la tarde El Juli. El mejor Juli. Ese que tiene a la ganadería de Garcigrande en la cabeza y en su mano, y entiende a los toros -y los cuaja- mejor que nadie. Y digo el mejor Juli, porque volvió a exhibir un concepto más estético. Más puro. Más vertical. Vio toro donde nadie lo veía por su poca fuerza, y le hizo romper en la muleta, sacando este un gran fondo y mucha calidad en sus embestidas. Faena importante de El Juli, con mucha ligazón, limpieza y varios cambios de mano de esos que nunca acaban. Y los de pecho hasta el hombro contrario. Poderío por ambas manos. Firmeza de principio a fin. Se le fue muy trasera la espada pero el público pidió con fuerza las dos orejas y el presidente las concedió. La segunda, sin duda, fue excesiva. Fuerte ovación para el toro de Garcigrande en el arrastre.

Después del nuevo ‘petardo’ de Juan Pedro ayer, el inicio de la corrida de hoy no pudo ser mejor. El segundo de la tarde mantuvo el interés y tuvo un punto de exigencia que exigía mando y mano baja. Le costó a Manzanares someterlo y entenderlo. Y por ello la faena navegó entre un querer despegar pero no lograr hacerlo. Siempre en ese fino hilo que te tiene en vilo pendiente de si aquello termina de romper o no. No fue este el caso. Volvió a faltar rotundidad al natural y la firmeza, por momentos, de José Mari con la diestra no fue suficiente. Se movió mucho el de Garcigrande, que embistió con nobleza por ambos pitones. Otro buen toro. Silencio para Manzanares, que pinchó en repetidas ocasiones. Algo raro y para nada habitual en él.

Recibió Aguado al tercero de la tarde con una suavidad y un temple a la verónica que sólo él sabe y puede. A pesar de algún enganchón, hubo alguna verónica extraordinaria. No hizo cosas buenas precisamente el de Domingo Hernández en los primeros tercios y en la muleta no fue muy distinto. Probó Aguado a cambiarle en varias ocasiones los terrenos, y le dio la distancia que pedía el toro, pero este no fue un animal agradecido con ese buen trato. Gazapón y sin entrega alguna ni profundidad en los muletazos. No tuvo opción de triunfo el sevillano y abrevió la faena justo en el momento en el que el toro comenzó a rajarse. No lo puso fácil para la suerte suprema el de Garcigrande. Silencio y pitos al toro.

Metido completamente en la tarde, y con la Puerta del Príncipe en el horizonte, El Juli estuvo muy voluntarioso con el capote. Barroso dejó un gran segundo puyazo y sus banderilleros cumplieron con nota alta manteniendo al público expectante y atento. Un gran remate con una de sus rodillas sobre el albero hizo rugir a La Maestranza en los primeros compases de la faena. Sonó pronto la música y la faena continuó in crescendo gracias a la firmeza de El Juli por ambas manos. La profundidad con la mano izquierda y el mando con la diestra. Sin un solo enganchón. Con un toro que se vino un punto abajo en la muleta perdiendo algo de ritmo, regularidad y con peores finales en la última parte de la faena. Pero El Juli lo exprimió al máximo y lo entendió a la perfección. Como a su primer toro. El público lo valoró y le pidió la oreja a pesar del pinchazo previo. El triunfalismo, de nuevo, apoderándose de Sevilla. Oreja y Puerta del Príncipe. La séptima de su carrera como matador de toros.

Se quejó José Mari de que el quinto toro parecía tener algún problema de visión. Lo advertíó a sus hombres de plata pero en la muleta no se amedrentó, y la primera serie cogiéndolo en corto le vino muy bien al toro. Hubo muletazos templados y de toreo lento con la mano derecha. También empaque y armonía con la izquierda. Pero con la faena yendo a más, y el toro embistiendo mejor que en el inicio de la misma, Manzanares basó su labor con la muleta en la mano derecha. El mejor pitón del toro. Otro ejemplar con opciones. Con fondo y mucha clase. Yendo a más en la muleta. Tuvo ligazón y limpieza la faena de Manzanares, aunque le costó mucho romper. La música ayudó a ello. En la última tanda, el cambio de mano durmió al toro en las telas de muleta. Más firme en esta ocasión José Mari, a pesar de que su lote era de Puerta del Príncipe. Se esperaba más. Mucho más. Le metió la mano al primer intento. Oreja.

El sexto de la tarde acompañó más en el capote a Pablo y este lo meció en los vuelos con un temple propio de los elegidos. Al alcance de muy pocos. De otro mundo. Hubo una verónica sencillamente perfecta. O lo más parecido a la perfección, si es que existe. Largo el recibo por verónicas sacándose al toro hasta los medios, toreando muy despacio y rematando con una gran media. En banderilals, Iván García puso la plaza en pie con dos grandes pares. No hubo brindis pero el inicio de faena fue sensacional doblándose con el toro en el tercio. Al sexto le faltaron muchas cosas. Finales, ritmo, entrega… Completamente rajado en la muleta, Aguado dio una lección maestra de formas y de saber estar delante del toro. Sin perder nunca la verticalidad ni la pureza de su concepto. Siempre con verdad. Siempre con naturalidad. Siempre despacio. Siempre por encima del toro. Pero faltó toro y no hubo posibilidad de triunfo. Silencio.

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