Lo que pudo ser y no fue: un «Duplicado» para soñar el toreo; Emilio de Justo, gravemente herido

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17:40 de la tarde en Madrid. La furgoneta de Emilio de Justo hace acto de presencia en los alrededores del patio de cuadrillas. El pueblo se agolpa para recibir a su héroe. A su torero. El torero camina firme y con el rostro serio. El traje, un ‘tacazo’ que dirían los más aficionados. La expectación es increíble. El ambiente, espectacular. La nefasta organización en los accesos a la plaza provoca colas inmensas y que muchos aficionados se pierdan la lidia del primer toro. Algunos aporrean las puertas que dan a los tendidos y graderíos. El personal de la empresa se encuentra totalmente superado por la situación y los gritos rompen el silencio de los pasillos. Mientras tanto, Emilio de Justo pisa el ruedo de Las Ventas bajo una atronadora ovación. Como un gladiador saliendo al Coliseo. A jugarse la vida. A enfrentarse a la Historia. A dar muerte a seis toros de distintas ganaderías un Domingo de Ramos en la capital de España. La grandeza del toreo.

Tras una respetuosa y unánime ovación en el tercio, el torero se estira con la verónica para recibir al primer toro de Pallarés. Suenan los primeros olés. En la muleta, le cuesta acoplarse a las irregulares -aunque enclasadas y nobles- embestidas del animal, pero deja muletazos muy templados. Naturales con mucha largura y profundidad. Derechazos ligados y con poder. Hasta que el toro comienza a rajarse. A perder fijeza. El final tiene mucho gusto. Por abajo. Madrid, que rugía, pronto quedó muda. Emilio de Justo se tira por derecho a matar al de Pallarés. Sabe que tiene el primer trofeo de la tarde muy cerca, y no se guarda ni un ápice de verdad y de entrega. El astado le propina una voltereta tremendamente aparatosa. La caída es horrible. El cuello. La cabeza. El toro vuelve a por él y Emilio escapa como puede hasta las tablas. Los gestos de dolor son escalofriantes. El torero tiene que ser ayudado por sus hombres de plata para sostenerse en pie y sus manos se dirigen continuamente al cuello y a la cabeza. Finalmente es llevado a la enfermería y por megafonía se anuncia que el equipo médico ha determinado que Emilio de Justo no puede continuar la lidia. Los tendidos se quedan helados y un jarro de agua fría cae sobre la mente de los más de veinte mil aficionados que venían a ver a Emilio. Así de injusta es la vida. Así de duro es el toreo. La cogida, sin duda, tenía más gravedad de lo que parecía.

El matador de toros Emilio de Justo ha sufrido una «fractura estallido de masa lateral izquierda de atlas (C1) y fractura estallido de masa lateral derecha de Axis (C2), sin desplazamientos» tras la gravísima cogida en Las Ventas (Madrid). Asimismo, el parte médico emitido desde el Hospital La Fraternidad de Madrid, indica que se ha «realizado también una resonancia magnética urgente sin que se aprecie afectación medular». Tampoco ha habido «ninguna afectación neurológica sensitiva ni motora«. Sin embargo, el pronóstico es «muy grave» y Emilio de Justo permanecerá ingresado «a la espera de inmovilización definitiva».

Y hasta aquí el episodio más negro de una tarde que estaba destinada a ser histórica. Por triunfal, y no por trágica. Sin embargo, Emilio de Justo consiguió congregar a más de 20.000 personas fuera de feria y abono en Madrid. Un Domingo de Ramos. Inmerso el país en plena Semana Santa. Ese es su gran triunfo hoy, y sobre todo, que volvió a ganarse el respeto del aficionado venteño, y también de todo el toreo. Madrid te volverá a recibir de pies y con los brazos abiertos, torero. Ahora toca recuperarse, y el tiempo es lo de menos. Fuerza, Emilio. Todo saldrá bien.

Tras el mal trago del percance de Emilio de Justo, el resto de la corrida quedó en manos del sobresaliente Álvaro de la Calle. Menuda papeleta y menudo marrón. También una gran oportunidad, por qué no reconocerlo. Pero no era fácil y echó la tarde hacia delante con muchos defectos por la falta de rodaje, pero también con mucha sinceridad y esfuerzo. No se amedrentó con ninguno de los cinco toros a los que tuvo que dar muerte, e intentó que el espectáculo fuera lo más reconfortante posible dentro de la desilusión y la tristeza por lo ocurrido con Emilio. Álvaro de la Calle dio una vuelta al ruedo frente al extraordinario cuarto toro, y saludó hasta dos ovaciones en el tercio. Cumplió dentro de lo que podía hacer, porque tampoco podemos medirle como si hubiera matado varias decenas de corridas el pasado año. Toreó como mejor pudo, supo e incluso intentó estar templado con alguno de los toros. El lanzamiento de almohadillas tras caer el sexto toro, evidentemente, no venía a cuento. Al menos por respeto al sobresaliente, que no tiene la culpa de lo que allí había ocurrido durante la lidia del primer toro. El otro sobresaliente, Jeremy Banti, dejó un buen quite por chicuelinas en el cuarto toro de la tarde.

Respecto al encierro lidiado, destacar al extraordinario «Duplicado» de Victoriano del Río. Lidiado en cuarto lugar. Bravo, encastado, exigente. Con mucho fondo, calidad y emoción. Premiado con una merecida y emotiva vuelta al ruedo. Su lidia -tras un duelo de quites entre los sobresalientes- fue espectacular. El picador Óscar Bernal dejó tres puyazos sensacionales toreando a caballo y con gran acierto y precisión; y los banderilleros, José Chacón, Jesús Arruga y Andrés Revuelta protagonizaron un sensacional tercio de banderillas. Chacón con la brega y Arruga junto a Revuelta con los palos. La plaza se puso en pie. Y es que cuando las cosas se hacen bien, y sale un toro como «Duplicado», la Fiesta gana y la emoción aflora. Aquello fue vibrante. Una vez más, Victoriano demostró ser la mejor ganadería del campo bravo.

El resto de los toros, sin poder lucirse al completo por las circunstancias de la tarde, ofrecieron opciones sin terminar de romper. Dejando a un lado al gran «Duplicado», el de Pallarés fue el de mayor interés. El de Palha resultó soso e incierto, sin terminar de ser malo. Y el de Victorino, al igual que el de Domingo Hernández y el de Parladé, pecó de falta de fondo y fuerzas. Sin embargo, la corrida dejó a todos la sensación de que Emilio, de no resultar cogido, les habría metido la mano a los seis. Lo que pudo ser y no fue. Sueños rotos. Sueños frustrados.

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