Es sábado de resaca y no sé ni por dónde empezar. Todos ya saben lo que pasó pero nadie encuentra una explicación humana a lo sucedido. Morante la lió. La lió en Sevilla y reventó el toreo. Pero la temporada no la reventó ayer, la reventó aquel lejano mes de mayo en el barrio de Carabanchel. A Morante no le ha tosido nadie este año (¿acaso alguna vez lo hicieron?) y dudo que, jamás, alguien pueda asemejarse a lo demostrado esta temporada por el de La Puebla. Morante es Historia del Toreo. Morante ya es un capítulo privilegiado y único para quienes en un futuro, más cercano o más lejano, estudien la Historia de la Tauromaquia. Que al fin y al cabo, es la Historia de España. Por mucho sinvergüenza y tarado que haya hoy en día por el mundo. Y por nuestro país. Morante es España y España es Morante. Porque Morante es el toreo. Esa manera de arrebatarse y de clavar los pies en la arena como si no quemase el infierno. Esa manera de tirar del toro hasta las entrañas de la Tierra. Al natural. Apuntando con su pecho a los pitones. Mirando a los ojos al demonio. Crujiendo los cimientos de La Maestranza, que lloraba desconsolada. Emocionada. Puesta en pie sobre una nube. Llovían olés desde la Giralda. Y ahí seguía Él. Callando a la banda. Volviendo a clavar sus pies sobre el infierno tras volar por los aires entre los puñales del demonio. Cada natural fue una bofetada al sistema. Y a todos los aficionados, que entraron en estado shock. En estado de somnolencia. Al toro, que ya tenía poca vida, le sacó hasta el alma. En sus terrenos. Donde nadie pisa. Y hasta donde nadie es capaz de llevarlos, lo llevó José Antonio. Lo mató de un disparo que reventó al toro. Y al toreo. Y que desató la locura. Y cayeron las dos orejas, mientras algunos pensaban ya en el rabo. Y soñaban con sacarlo por la del Príncipe. Pero Morante salió a pie. Como un Rey. Como Rey de Sevilla (¿y de los Toreros, como su admirado Joselito?). La tarde perdió sentido desde que Morante enloqueció a Sevilla con su capote. De salida, llevándolo al caballo y en el quite. A la antigua. Restaurando suertes del pasado. Devolviendo al toreo a sus inicios. El verdadero toreo. Y por allí toreó Ortega. Juan de nombre. Torero de Sevilla, y de Triana. Un privilegiado. Un elegido. Su forma de andar al segundo de Juan Pedro fue para romperse la camisa. Y las caricias con la mano derecha. Rompiendo al toro por detrás de la cintura. Enroscado. Roto. Durmiendo al toro y acostándole en una pase de pecho eterno. Pinchó y se llevó la oreja. Pero Juan es Torero, y es Torero de Sevilla. Toreó también el peruano Roca Rey, y vivió otra tarde en forma de pesadilla. Hace dos años fue Aguado con Morante, y ayer, fue Morante con Ortega. Él se impone en la taquilla, y los demás, en las emociones. Y el toreo, es emoción. Y si no que se lo digan a José Antonio, con la que lió ayer. La madre que te parió, Morante.

Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 12ª de la Feria de San Miguel. Cartel de «No hay billetes», dentro del aforo permitido. Toros de Juan Pedro Domecq, de deslucido comportamiento en su conjunto. Morante de la Puebla: palmas y dos orejas; Juan Ortega: ovación con saludos en ambos; Roca Rey: ovación con saludos y silencio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!