Vivimos uno de los mejores momentos de la historia de la tauromaquia y no somos conscientes de ello. La pandemia se ha convertido en una cortina que nos impide percibir una realidad que nos explotará en nuestros rostros cuando menos lo esperemos. En primer lugar, vivimos uno de los mejores momentos de la tauromaquia a nivel ganadero. Jamás antes las ganaderías tuvieron tanta regularidad en el ruedo. Jamás antes se vieron toros con tanta bravura, con tanta duración, tan encastados y con tantas nuevas virtudes como son la clase, la calidad, la humillación o la profundidad. Jamás antes se llegó tan lejos en el difícil proceso de selección genética del toro bravo. No lo estamos valorando como se merece y los ganaderos, por lo menos, se merecen que reconozcamos su esfuerzo y su trabajo. Con sus éxitos y sus fracasos. Pero es admirable. Es la hostia, sinceramente.

También vivimos uno de los mejores momentos en cuánto al nivel de los novilleros. ¿O acaso con los tres certámenes de la Liga Nacional de Novilladas ya finalizados no ha sido suficiente para demostrarlo? Cómo vienen arreando los chavales. Qué cojones tienen. Qué capacidad y qué hambre de ser toreros. ¡Y cómo torea, repito, torea, alguno de ellos! Ahí hay futuro. Hay mucho futuro. Hay futuro en Tomás Rufo, en Jorge Martínez, en Manuel Diosleguarde, en Isaac Fonseca, en Manuel Perera, en Álvaro Burdiel, en Sergio Rodríguez… Hay futuro en tantos novilleros, que lo que está por llegar, ilusiona. Y no lo estamos valorando como se merece. Somos unos afortunados.

Como también somos afortunados de estar viviendo una auténtica revolución del escalafón de matadores de toros. El más difícil de renovar. El que se había quedado anclado en décadas pasadas. Juzguen ustedes mismos, esto es una revolución en toda regla. La revolución del toreo clásico, con permiso de alguna excepción: la naturalidad y el temple de Pablo Aguado; la calidad y el clasicismo de Juan Ortega; la entrega, la capacidad y el rupturismo de Morante; la raza y la regularidad de Emilio de Justo; el tirón y la ambición de Roca Rey; el renacer de un Daniel Luque en su mejor momento; la inspiración de Antonio Ferrera; la pureza y entrega de Paco Ureña; el buen gusto y la perfección del toreo de Diego Urdiales; la creciente rotundidad de Ginés Marín o el esperado sitio que merece y se ha ganado David de Miranda. Faltan más, por su puesto. Y si faltan es porque esto no es algo pasajero. El cambio ya ha empezado. Los años veinte serán la eclosión de una nueva era en el toreo. Y los cambios más revolucionarios, por mucho que lo nieguen, al final terminan sustentándose en los orígenes. El toreo clásico tiene mucho que decir en esta nueva era. Piénsenlo y valoren el momento que vivimos. La vida pasa demasiado rápido, aunque algunos sean capaces de parar el tiempo toreando con su capote y muleta. 2021 es el el año del cambio.

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