* Artículo vía: DAVID BUSTOS


«Hay que convivir con el virus» nos decían allá por el mes de julio del año 2020, cuando hasta nuestro Presidente del Gobierno afirmaba que «habíamos vencido al virus» y que había que «salir sin miedo a la calle». Claro, todo ello en plena campaña electoral en Galicia y en Euskadi. La misma frase la volvió a repetir antes de las elecciones catalanas en febrero y, algo similar, dice ahora antes de los comicios madrileños que se celebrarán en el mes de mayo. Del «hay que convivir con el virus» hemos pasado al «estamos en el principio del final». Pero, ¡qué final tan largo! Qué largo es esto. 

Aquí en Madrid, la isla europea -y española, por supuesto- de la libertad, ese final siempre se ha percibido más cerca. Porque desde que concluyó el pasado año el confinamiento domiciliario a causa de la primera ola, la vida en Madrid ha seguido. No se ha frenado. No se ha detenido. Es verdad que no es la misma vida que teníamos antes de la pandemia, pero sí es la más parecida a ella en todo nuestro país. En ese hecho probamente resida o se sustente la explicación de por qué no ha habido aquí el efecto boomerang enmarcado dentro de esa estrategia tan usada del «cerrojazo». ¿En qué consiste ese efecto? Este es el patrón que se ha repetido en tantos y tantos territorios de España y de Europa: cerrar todo durante un periodo de tiempo alargado, reducir los contagios, abrir la mano por motivos festivos y sufrir una explosión de casos consecuencia del descontrol de la población a causa del hartazgo que sufre la sociedad. Porque la gente, ahora harta, se ilusionó aquel mes de julio al escuchar algo así como «esto ya está acabado». U otros mensajes como los de «convivir con el virus», que después del confinamiento domiciliario sonaban a gloria. Luego toda esa gente, ahora harta y desesperada, fue descubriendo que la palabra convivir rimaba con mentir, y lo que estaba viviendo era más una mentira, que una convivencia.

Fue un error intentar salvar el verano y la Navidad. Sin duda. Lo fue. Y fue inteligente intentar no salvar la Semana Santa en el inicio de esta posible cuarta ola. Pero muchos siguen cayendo en el mismo error. Un error estructural. Un error que descubre y desnuda una falta de ideas y, sobre todo, una falta de ganas de trabajar. Sí, algunos no quieren trabajar. O trabajar lo justo. Sin excesivos problemas. El Gobierno se lavó las manos el pasado mes de octubre y se escondió tras las comunidades con cobardía; y estas, a las que compadezco y entiendo por el abandono que han sufrido en el peor momento del último siglo, pues han hecho lo que han podido. Es verdad. No se les puede culpar de no hacer las cosas de manera perfecta. Todas han cometido fallos. Si me permiten, Madrid lo cometió prohibiendo los festejos taurinos el pasado año. Pero el problema no es cometer un fallo en una pandemia mundial, el problema es cometerlo, darse cuenta y seguir cometiéndolo. Madrid, tarde o pronto, me es igual, se ha dado cuenta de ese error y ha puesto en marcha toda la maquinaria para que en el mes de mayo puedan volver los toros a Las Ventas. ¡Qué alegría! Ojalá sea así.

Pero seguro que a muchos de los que leáis este artículo os parezca un error minúsculo comparado con otros cometidos. Porque algunos siguen evidenciando falta de ideas y de soluciones. Algunos solo saben cerrar, cerrar y volver a cerrar. ¡Y ahora ni siquiera quieren abrir! De hecho, algunos parecen encantados en vivir en la excepcionalidad. La prefieren antes que recuperar la normalidad. O esa es la impresión que da. Por ejemplo, hoy el señor Urkullu, lehendakari de Euskadi, metía el miedo en el cuerpo a todos los vascos y abría la posibilidad a no levantar la mano en verano. ¡Qué despropósito, señor Urkullu! ¡Qué auténtico despropósito! ¿De verdad es lo que piensa o es una nueva tomadura de pelo peneuvista a la sociedad vasca? Sea lo que sea. Tenga cuidado, porque quien juega con fuego, se puede quemar. Y, cerrar por cerrar, o cerrar y no abrir en un tiempo tan extenso, puede hacerle explotar la pandemia en la cara. Debería de saberlo ya. Menos cerrar y más vacunar. Vacunar, vacunar, vacunar… 

Madrid sí ha convivido con el virus. No es una utopía. Madrid ha logrado convivir con el virus. Y no, señor Gabilondo, en Madrid la posibilidad de morir por coronavirus no es mayor que en el resto de España. De hecho, el exceso de mortalidad desde junio a la actualidad en Madrid es mucho menor que en otras comunidades como la Comunidad Valenciana o que la media general de España. No mientan a los madrileños. No mientan a los españoles. No envidien al bautizado en Europa como el «milagro madrileño». Quizás, no sea la palabra apropiada: milagro. Creo que hay otra mejor: trabajo. Trabajar y dejar trabajar. Arriesgar y no amargar. Convivir y no mentir. Ahora que la Junta de Andalucía también está poniendo problemas para que los toros vuelvan este mes de abril a La Maestranza, creo que es importante destacar ese mensaje. Hay que ser valiente y mirar hacia adelante. Hay que ser valiente y arriesgar. Porque quien no arriesga, no gana. Y Madrid, el 4 de mayo, seguirá apostando por ganar. Seguirá apostando por la libertad. 

* Imagen de portada, vía: RTVE


 

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