• Reportaje vía: DAVID BUSTOS

Nueve de la mañana. Amanece en el coqueto pueblo de Rueda, en Valladolid. El silencio invade cada una de sus calles. El contraste de una imagen así, con la de cualquier otro año en estas fechas, es brutal. No hay fiestas, no hay gritos, no hay toros. ¡Apenas hay gente! Partimos en un Land Rover hacia el bastión de la libertad: el campo bravo. En escasos diez minutos, nos encontramos a las puertas del cielo. Los bramidos parecían truenos antes de la tormenta, y sus cuerpos los de un Dios. «Una puerta abierta… Algo ha pasado aquí«, afirma Eladio, el ganadero. La tensión frena cualquier intento de conversar.

Bajamos las ventanas del coche con cierta timidez y Eladio nos advierte: «No habléis, y si véis algún toro suelto, no os acerquéis. Puede ir a por vosotros«. Así hicimos. En silencio bajamos del coche, y de repente, tras la valla, un toro, y otro, y un tercero. Al fondo alcanzamos a vislumbrar un cuarto toro. Burraco. Muy serio. A paso lento pero con franqueza comienza a acercarse a los demás. A nosotros también. ¡Menos mal que hay vallado! Pero claro, cualquiera se fía. Menudos son… Solo les hizo falta cinco minutos –desde que pusimos los pies en la tierra– para comenzar a desafiarse. Primero fue cosa de dos. Cara a cara. Pero cómo no se iban a animar los otros dos a la fiesta… Lo que antes era un combate a dos, en igualdad de condiciones, ahora se había convertido en una lucha de tres contra uno. Así es la jerarquía en el campo. Cada uno defensor de sus terrenos y candidato a «mandar» en el grupo. Estos de tontos tienen bien poco. 

Es turno de pasar de cercado en cercado para dar de comer a los toros. Eladio, con su voz, conecta con ellos. Con su bravura. Nada más ven el coche, saben lo que ocurre. ¡Qué nobleza! De la que nunca te puedes fiar. Es hora de comer y los animales comienzan a levantarse, o a caminar, para acercarse a los comederos. El ganadero les habla y nosotros observamos en silencio. Eso evita que se alteren. Cualquier mal gesto hacia ellos o una voz extraña puede desencadenar en un susto. De hecho, Eladio nos relata un percance que tuvieron hace unos días: «Un toro parecía dolorido tras una pelea entre ellos, nos acercamos y esperamos a que se recuperara, a ver si se levantaba. Pero de pronto se levantó y quiso arremeter contra nosotros. Dimos marcha atrás todo lo rápido que pudimos, y aún así, nos alcanzó. Se golpeó contra el coche de lo bravo que era«. 

Los ganaderos tienen en su memoria cada toro que crían. Sus nombres, números… Conocen perfectamente su comportamiento en el campo. ¡Dios sabrá cómo saldrán luego en la plaza! Tras montarnos de nuevo en el Land Rover, Eladio se percata de que hay un toro bastante retirado del resto. «Ese ha tenido juerga, vamos a verle«, asegura. Efectivamente, al parecer, se había peleado con alguno de los otros toros, pero por suerte, no se había lastimado. «No hay manera de convencerle de que ponga fundas a los toros«, comenta un vecino de Rueda que nos acompaña, por su amistad con el ganadero. 

La voz de Eladio y la cercanía del coche son suficientes para que el toro vuelva con los demás animales hasta el comedero. Sin embargo, instantes antes de partir hacia el cercado más alejado de la entrada de la finca, un toro se encara con nosotros. «Cuidado con este», advierto asustado al ver el talante desafiante del toro. «Nada, este no hace nada», responde Eladio, justo antes de que el toro decidiera marcharse a comer. Nosotros también seguimos con la visita a la finca. Después de tantos meses, ver toros sabía a gloria.

El trayecto hasta el comedero de ese último cercado –con una breve parada para ver a uno de los sementales que se encuentra en esta finca– resulta de una vistosidad enriquecedora e impresionante para cualquier aficionado y amante de los toros. El sol comienza a izarse para imponer la calma en tierras castellanas después de varios días de inestabilidad. «Los toros también notan los cambios de tiempo, les afecta mucho«, reconoce el ganadero. Desde el coche, la imagen es sencillamente espectacular. Los toros caminan por el pinar con el sol de fondo. El silencio impone. «De aquí iba a salir una novillada para Las Ventas, pero esto del virus nos ha jodido todo«, explica Eladio, que recibió la visita de Florito, el conocido mayoral de Las Ventas, hace tan sólo unas semanas. Así de fuerte ha golpeado esta situación en el campo bravo. Así de terrible es el sufrimiento de los ganaderos en esta atípica temporada. Porque sin festejos, la crianza del toro de lidia no tiene ningún sentido. «Si tienes una ganadería es para cuidarla como si fuera tu hija», afirma Eladio. Y como si fueran sus hijos, así viven sus toros… 


 

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