• Artículo vía: JUANJE HERRERO

Lo que entendemos como el milagro de la casta, en realidad, no es otra cosa que la desdicha para muchos toreros. Claro que, los más avezados en el asunto esquivan la posibilidad de que les caiga «en suerte« un toro encastado como el que vimos en la primera corrida de toros de la feria de Sevilla que, como sabíamos, era de Torrestrella, se llamaba “Cumpleaños” y arruinó la carrera de José Garrido que, con mucha suerte, digamos que le frenó en seco.

Como miles de veces hemos pregonado, de cara al aficionado no hay nada más bello que un toro encastado. En honor a la verdad, no cabe otra opción si pretendemos que la Fiesta de los toros salga del letargo en que las figuras la han sumido. Debemos de elegir, el toro encastado o el burro fofo para darle mil pases. Esa elección es nuestra y, digamos que los aficionados ponderando, en este caso, prefieren a ese gran toro de don Álvaro Domecq que en nada se parece a toda la camada brava que lleva su apellido. ¿Será Álvaro Domecq la oveja negra de su estirpe? Seguro que sí.

La metamorfosis que sufren las ganaderías es algo increíble, muchas veces, hasta horrible. Pensemos que, los toros de Torrestrella eran el plato fuerte para las figuras en los años setenta y ochenta y, qué cosas, don Álvaro, él sabrá sus razones, se le ocurrió añadirles casta a sus toros y, de repente, como si de una diáspora venezolana se tratara, las figuras, todas, huyeron despavoridas ante la realidad hermosa de dichos toros. Como fuere, a don Álvaro le cabe la dicha de lidiar lo que los aficionados demandan, un toro bravo y encastado. Lo que piensen las figuras, sin duda que no le quita el sueño. ¡Bien por don Álvaro!

Lo decía Juan Belmonte y el diestro de Triana sabía mucho de sentencias y de toreo. Dios nos libre de que nos toque un toro bravo y encastado, y su sentencia no podía ser más real. Ahí están las pruebas. Mientras sale un toro adormilado, aborregado, sin alma, sin fuerzas y sin nada que ofrecer, todos los toreros pueden taparse pero, amigo, cuando sale el bravo de turno, el encastado que todo lo puede, como fue el caso de “Cumpleaños”, todo se torna oscuro para el torero. José Garrido, que empezó muy bien aquella lidia, todavía se estará preguntando qué pasó para que aquello no se tradujera en un éxito incontestable. Algo parecido le pasó en Pamplona con un toro de La Palmosilla, que le sacó los colores.

Maldita casta diría el otro; sí, pero el que lo decía era torero. Los aficionados pensamos distinto. La casta es lo único que puede salvar a esta bendita Fiesta que, adulterada desde sus feudos del poder, es lo único que nos puede emocionar. ¿Los resultados? Eso es harina de otro costal, amigo. Ahí no entramos los aficionados que, para nuestra dicha, un toro ha logrado emocionarnos. Como dirían los antiguos revisteros, igual «Cumpleaños”, el célebre toro de Torrestrella, llevaba un cortijo en cada pitón y el torero no se percibió de ello. Pero sí, seguro que los llevaba. Otra cosa era adivinarlos y, ante todo, saber comprarlos.

Dejémonos de pamplinas que, a lo largo de muchas ferias los veremos por doquier; es decir, el toro insulso, aborregado, sin alma y sin fuerzas será la tónica dominante cuando hagan el paseíllo las figuras porque, ¿se imagina alguien un toro encastado de la rama Domecq comercial? –con la excepción de Fuente Ymbro, La Palmosilla o Santiago, pero a estos no los torean las figuras-. Nadie apostaría por ello porque todos perderían. A lo largo de las ferias del circuito se premiarán toros de vuelta al ruedo si sus matadores así lo deciden, incluso el público feriante que acude a dicho recinto, pero serán animalitos domesticados para el triunfo, para que los toreros muestren su elegancia al igual que lo hacen cuando torean de salón. ¡Qué grande sería ver un toro encastado en las manos de Manzanares, por citar a uno de nuestros más grandes artistas! Pero no, que nadie se haga ilusiones porque eso siempre será un sueño, una quimera que los aficionados nos llevaremos a la tumba.

  • Imagen vía: BMF TOROS (André Viard)

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