• Editorial vía: ARRIBES TAURINAS

Vicente Belenguer, aquel profesor desdichado que decía en sus redes «alegrarse mucho por la muerte de Víctor Barrio«, ha sido absuelto por el Juzgado de lo Penal número 1 de Segovia. Se le acusaba de un delito de odio, y parecía evidente que frases como «lamento que de la misma cornada no hayan muerto los hijos de puta que lo engendraron y toda su parentela«, o «bailaremos sobre tu tumba y mearemos en las coronas de flores que te pongan, cabrón«, no podían quedar en aguas de borrajas. Sin embargo, parece ser que finalmente este personaje inmoral podría quedar libre y sin ningún tipo de castigo penal sobre sus actos. La justicia le absuelve, pero la vida no se lo perdonará jamás. Porque la libertad de expresión no ampara comportamientos tan deleznables y repugnantes como el de este ser.

No podemos afirmar que la justicia haya respaldado –a pesar de la entendible decepción de la familia de Víctor y, en general, del mundo del toro– este tipo de actuaciones, ya que la sentencia deja claro que «la viuda y los padres de Víctor fueron víctimas de un voraz episodio de odio» y, además, explica que «una absolución por el delito concreto invocado por las acusaciones no debe ser entendida, en modo alguno, como una justificación parcial de tan nefanda conducta»Ahora bien, lo verdaderamente grave es que se haya decidido su absolución porque «el delito de odio no incluye a la Tauromaquia como un colectivo vulnerable«. Según la sentencia, el Código Penal tan sólo recoge este tipo de delitos para casos de discriminación por «motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación, su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de género, enfermedad o discapacidad». Es decir, en estos momentos, publicar comentarios en los que se alegran por la muerte de un torero, se desea la muerte de su familia y, encima, se regodean del fallecimiento del mismo, no es «delito de odio». Por eso, el problema no es la sentencia. El verdadero problema es la ley, y los encargados de elaborar esas leyes, porque son ellos quienes deben garantizar que situaciones tan desagradables e inaceptables como esta, no queden impunes. La gloria, el legado y los valores de Víctor no pueden quedar pisoteados de esta manera.

  • Imagen vía: LA RAZÓN

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