• Crónica vía: DAVID BUSTOS

Hacía falta volver a sentir ese intenso cosquilleo al acostarse, pensando en ir de toros a la mañana siguiente. Entre días lluviosos y fríos, se presentó la capea otoñal de Valdilecha como agua en tiempos de sequía. Con ganas, muchas ganas. Y frío. Era un día perfecto para ir a la plaza en familia, ¿qué mejor plan si no, para la jornada de reflexión previa a las elecciones? Aquí no importa el color, ni el voto. No se discrimina a uno por ser azul, rojo o vete tú a saber cuál otro. De hecho, es que no se pregunta, porque hay algo que nos une más allá de pensamientos políticos: el toro. El hambre de toros. De temporada. Bajo un ambiente acogedor, lleno de gente joven y algún maletilla veterano, transcurrió una entretenida mañana festiva por San Martín. Los animales de la familia Quintas, en su conjunto, ofrecieron un variado pero complicado comportamiento. El novillo fue un ejemplar incierto, con nobleza en sus embestidasmás brusco al recorte que en la muleta, donde exigió suavidad y un punto de mansedumbre que, sin embargo, no deslució su interesante lidia. Las vacas, por su parte, hicieron disfrutar a los espectadores más que a los recortadores y participantes que se animaron a ponerse frente a ellas, puesto que ofrecieron numerosas complicaciones y provocaron más de un susto. La segunda de las vacas fue la más destacada, ya que aunque no terminó de humillar –ni de entregarse-, sí mantuvo la nobleza hasta el final. La capea estuvo llena de detalles, tanto a cuerpo limpio –con recortes, quiebros dobles y varios saltos– como con la muleta. Hacía falta esto ya


 

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