• Columna vía: DAVID BUSTOS

No seré yo quien presuma de valentía, o alardee de mi loca afición. No creo que haga falta hacerlo para que se valore el hecho de enfrentar a la vida con la muerte, en un gesto de sinceridad con quien nos lo da todo. De tú a tú. Sin un ápice de engaño. Porque realmente, en la soledad de la calle, se pasa miedo. Mucho miedo. Algunos nos calificarán como simples «locos corriendo delante de un toro». Otros, sin embargo, te hablarán de una locura distinta. La de la pasión. La de una pasión sin límites. Abuela, pasé miedo. Allí donde estuvieras, te sentí más cerca que nunca. Sentí tus manos socorriéndome de ese asfalto oscuro e infernal. Ese que te abrasa la piel en un suspiro. Que hiela el latir del corazón, que recoge el miedo y da paso al milagro. En julio hablaríamos del «capotillo» de San Fermín. Pero aquel caluroso día de agosto, el «capotillo» vino del cielo. De ese temido cielo que nos protege a todos los mortales. 

Amanecía como un día cualquiera, entre las advertencias de quienes me quieren y se resignan a recordarme que esto no es un juego, y la incertidumbre del «¿qué pasará hoy?». Los momentos previos fueron como siempre una inyección de moral: saludos, abrazos, algún pensamiento positivo aislado entre tanto nervio… Fue en ese instante, en ese minuto previo a la explosión de la explosividad, cuando me di cuenta de que algo fallaba. La mente en blanco de otros días esperando el cohete, se transformó en un descontrol de ideas. De inquietudes. Momentos en los que la cobardía trata de vencer a la entereza. Pero una vez más, no lo consiguió, y a veces, el atrevimiento se paga. Un estruendo sobre el cielo de la capital abrió mis ojos. Siguiendo la concepción platónica, de cuerpo y alma, yo estaba allí físicamente; pero mi mente estaba con quienes día tras día me apoyan antes de salir de casa: familia, pareja, amigos… No les podía fallar y mucho menos abandonarles.

Cuando menos lo esperé, la gente agolpada en la curva –antes de enfilar la recta– comenzó a saltar nerviosa ante la llegada de los de El Estoque. Un miembro de los servicios sanitarios avisaba a un grupo de corredores que nos situamos unos metros más allá del comienzo de la calle: «Viene compacta pero con varios toros por delante«. Afortunadamente, esa distancia de prudencia me permitía ver con una relativa claridad cómo venía la manada y cómo seguía después de completar la curva. Con un trote lento y aún a cierta distancia de los animales, conseguí situarme en el centro de la calle. Allí aguanté lo que pude la llegada de la multitud de corredores que venían juntos a los toros. Era la «puta» guerra. Miradas hacia atrás, miradas hacia adelante. Era el momento de explotar la carrera. La velocidad en esos momentos supera cualquier límite personal. Es un «orgasmo» de adrenalina. Unos segundos que se cuentan con los dedos de la mano pero que pueden acabar como nunca quieres. En el suelo. Un golpe en una de mis piernasde alguien cuya cara ni recuerdo, a pesar de recibir sus disculpas mientras me atendíanme hizo caer al abismo

Mi subconsciente me hizo reaccionar, creo que con inteligencia, y apoyando una de mis manos –evidentemente, fue imposible evitar el abrasamiento del asfalto sobre mis rodillas o mi cadera– en el suelo, giré sobre mi hombro derecho con el claro objetivo de rodar hacia la «trinchera». Decir que pensé algo mientras mi cuerpo caía escasos metros por delante de seis toros, sería mentir. Sentí miedo, pavor. Creí en la vida y temí perderla. Cuando miré hacia atrás, ya bajo los palos de ese milagroso vallado, observé los ojos de la muerte pasando de largo sobre mi sombra. Era aquel toro castaño de El Estoque, y su mirada quedó filmada sin retorno en la retina de la eternidad.

Abuela, aquel día pasé miedo. Y, hoy, casi dos meses después, lo sigo recordando…

  • Imagen vía: CRISTIAN LÓPEZ

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