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Peñaranda para el tiempo

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  • Crónica e imágenes vía: PATRICIA PRUDENCIO

Morata de Tajuña se convirtió en el escenario de la séptima novillada del Certamen de la Ribera del Tajuña. Un festejo que tuvo como protagonistas a los erales de La Interrogación y a los novilleros Jaime Hernández (Escuela Taurina de Navas del Rey), Alejandro Peñaranda (Escuela de Albacete) y Nino Julián (Escuela de Nimes). Los erales tuvieron un comportamiento asequible y manejable en la franela de los espadas. Quizá también fueran algo comedidos, se podría decir que cumplieron sin excederse, con embestidas en su mayoría desiguales y en algunos casos entraban al cite con pequeñas arrancadas, como el caso del último ejemplar. Se quedaban cortos y la prontitud se perdía en el avance de la faena. En cuanto a los novilleros perdieron muchos trofeos en las espadas, pues al margen de las actuaciones, en los desenlaces supieron ganarse al público. Si hay que destacar a alguien, claramente es a Alejandro Peñaranda, quien cortó tres orejas, toreando de verdad y dando el pecho, mostrando la tela, ralentizando las embestidas y suavizándolas, siendo el oasis entre el caos.

Abría el festejo un eral de La Interrogación, que le correspondió en suerte a Jaime Hernández, con movimiento y genio al que se le intentó frenar en la querencia, donde el animal apretaba y salía suelto, sin obedecer y con una embestida dudosa. No se encuentran los calificativos para un tercio de banderillas, desorganizado y desmedido. Empezaba la faena de muleta sin saber su sitio, buscando en los medios los terrenos, estirándose por abajo pero sin buscar las distancias cortas. Lo llevaba en largo, dejándole pasar y dándole salida. El novillo obedecía a su manera, sin colocar la cara ni humillar, por lo que se paseaba sin más. El espada intentaba construir una faena a base de series en los que se daban dos muletazos y después de uno en uno. Corto en recorrido y sin esmero, Jaime se estiraba en la muerte del natural, al igual que en los últimos compases, donde encontró el pitón, el derecho, bajaba el morrillo y tenía mayor fijeza. Todo ello ocurría en la puerta de corrales. Cerró por molinetes y un desplante con el que se ganaría al público. Metió media estocada tendida y ligeramente caída.

El segundo del festejo salió ligeramente descoordinado pero siguió con obediencia el capote de Alejandro Peñaranda, quien supo realizar una labor de brega en la que educó su embestida, obligándole a humillar y colocar la cara. Empezó la faena genuflexo, continuando esa labor de domeñar la embestida. Le citaba en las distancias largas, hasta acortar cogiéndole la medida a un eral sometido con fijeza, movilidad y recorrido que arremetía con prontitud en la franela. Se envolvió en series circulares en las que ambos supieron respetar los terrenos del otro. Dándole la cadera le citaba para después abrir el muletazo y encontrar la profundidad y amplitud de su recorrido. El espada supo jugar con la longitud de su brazo y el movimiento final de su muñeca, que marcaba el inicio de un nuevo pase, permitiendo que el astado se adentrará con repetición. Ralentizó la que pudo ser una faena catastrófica, toreándole con suavidad por el derecho, con pulcritud y suavidad el eral se dejaba llevar. Culminó la faena por bernardinas y con un pinchazo y una estocada en lo alto.

El tercero era un novillo al que Nino Julián frenó, pues entraba con celo en la tela y buenas condiciones. El tercio de banderillas lo protagonizó el propio francés, dejando cinco palos con habilidad. En las «tablas» y genuflexo empezó a sacarlo a los medios, por abajo y sometido. Nino supo aprovechar la inercia que este dejaba en los muletazos largos, pues en las distancias cortas perdía la prontitud y aunque mantenía la cara en la muleta no tenía la misma obediencia. La embestida era irregular quedándose corto, su cuello parecía un látigo dejando al novillero a su merced. Entraba con genio en la franela, ensimismado por el pitón derecho. En los últimos compases se cruzaba y lo toreaba en sus terrenos, sin llevarle la contraria. Por lo que decidió no extender más la faena y ejecutó dos pases en redondo para después cambiar la ayuda por la espada y seguir con molinetes. En la suerte suprema pasó en falso, sería en el segundo intento cuando dejara un pinchazo caído, tendido y trasero. El eral doblaría en el cuarto intento.

Marcaba el ecuador del festejo un eral que salía por arriba del saludo capotero de Jaime Hernández, aunque logró encelarlo en los medios. El tercio de banderillas fue lucido y protagonizado por Jaime y Nino Julián. Precipitadamente recibía con la muleta al astado, paralelo a las tablas y en linea recta sin avasallar. Le dio sitio y tiempo, cogiendo con pinzas la embestida de un astado que empezaba por bajar la cara y colocarla por el pitón derecho, pero sin prontitud en el cite. Había que abrir una embestida que poco a poco se ceñía al cuerpo, pisandole su terreno, no le daba salida. Por esta razón, empezó a buscar la amplitud en los muletazos. Le citaba dándole el pecho, de verdad, mostrándole el camino y marcando bien el inicio y el final de los pases. No quiso alargar más una faena, algo accidentada, que concluyó con pases en redondo y manoletinas. El acero cayó contrario y ligeramente trasero, lo llevó al descabello.

El quinto entraba apretando sin lucimiento en la tela de Alejandro Peñaranda. A pies juntos y atalonado en la arena recibía Alejandro la faena de muleta. Muy despacio, ralentizando y suavizando el genio de un animal que se abría, lo llevaba en paralelo, dándole sitio y descanso entre tandas. Evitó que se le quedara encima, por lo que el espada lo hacía todo en favor de su adversario, bajándole la mano, llevándolo sometido y dándole salida. El espada se adaptaba a sus exigencias encontrando el compás entre ambos. De nuevo, aprovechó su brazo y el giro de muñeca alargando su embestida y obligándole a volver al dejarle la franela bien puesta sobre el morrillo, lo que le permitió tirar de él y encontrar la ligazón. El eral era bueno y seguía el engaño a buen ritmo aunque acortando distancias si se le daban ciertas licencias. Por ayudados y algún pase de pecho terminó su última faena en la noche. La estocada que en apariencia parecía buena, le llevó a repetir la suerte, dejando un acero delantero.

Cerraba el festejo un eral brusco, reservón y buscón al que Nino Julián logró «encelar» y dejar emplazado. De nuevo compartían el protagonismo en banderillas Nino y Jaime. Tras el correspondiente brindis al público, acudió a «tablas» para recibirlo genuflexo y tantearlo por ambos pitones para sacarlo rápidamente a los medios, donde intentaba torearle. Justo de fuerza no se le podía someter en exceso por abajo pues perdía las manos. Había que mimarlo y darle su descanso para que no se viniera a menos. Las embestidas eran desmedidas con cabeceos, por lo que intentaba enseñarle el recorrido en busca de la pulcritud. Lo acabó toreando en la querencia, o al menos intentándolo, pues se echaba sin opciones. La uniformidad en la faena brillaba por su ausencia, el espada no podía sacar nada de provecho de un eral que entraba al cite arremetiendo, con la cara arriba y pequeñas arrancadas que dejaban atrás las oportunidades. Nino cayó al suelo quedando descubierto, afortunadamente el animal se quedó con el engaño. En la suerte suprema, logró hundir un acero certero al quinto intento.

Morata de Tajuña (M). Erales de La Interrogación de comportamiento asequible y manejable en la franela de los espadas. Quizá también fueran algo comedidos, se podría decir que cumplieron sin excederse, con embestidas en su mayoría desiguales. Jaime Hernández: silencio y ovación; Alejandro Peñaranda: dos orejas y oreja; Nino Julián: aplausos y silencio.


  • Imagen vía: ÁLVARO MORA

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