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Entre la gloria y el infierno

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  • Crónica vía: DAVID BUSTOS

«Santanero I» era su nombre. Endiablado su comportamiento. Enfrente un guerrero, un héroe dispuesto a caer. Sin excusas ni mentiras. Sabía que le podía herir al entrar a matar, era consciente Román de ello antes de ejecutar la suerte suprema. Pero se tiró con el alma. Con el corazón en la mano. Un pitón le atravesaba el muslo mientras el acero entraba como un rayo en el infierno. Era el diablo. El mismísimo diablo armado con dos puñales astifinos, ahora manchados con la sangre de un valiente y entregado torero. Con una mirada perdida, llena de dolor, pedía que lo llevaran con rapidez a la enfermería. Con los ángeles de la guarda. Los únicos capaces de obrar milagros sobre la Tierra. Le salvaron. Su vida y su pierna. Horas después, Román abandonaba en ambulancia la plaza en dirección al Hospital. Los aficionados, a las puertas de la enfermería, le despedían con una sentida ovación. «Mucha fuerza torero«, gritaban muchos. Ánimo Román. Ánimo torero. 

El castaño de Baltasar Ibán, que salió en tercer lugar, fue un prenda de principio a fin. No se le hicieron las cosas bien en la lidia y el astado lo terminó acusando. No había manera de dejarle los cuatro palos reglamentarios y el Presidente, el polémico Gonzalo de Villa, obligó a los subalternos a cumplir lo escrito. «El Sirio», en una de sus últimas pasadas, cayó a merced del toro. Pudo suceder otra tragedia, pero los capotes en el quite ayudaron a que no fuera a más. Román dio la cara ante el manso que nunca regaló una embestida por abajo. Soltaba derrotes secos, lanzaba miradas amenazantes. Pero al valenciano no le movía nadie de su sitio. Ni el miedo. Ni el complicado toro de Ibán. Vino a Madrid sustituyendo a otro compañero herido, sin necesidad pero con la voluntad de honrar su profesión una vez más. Román engrandeció el toreo con una estocada «imposible» de predecir viendo la condición del toro. En lo alto. Como un puñetazo. La cornada, la más impactante que Madrid recordaba en años. La gente lloraba y se temía lo peor. No fue así.

Instantes después, Curro Díaz se iba a la puerta de la enfermería para dejar la montera en las tablas. Gesto de torería y de sensibilidad. Madrid se rompió a aplaudir, y Curro, en homenaje a su compañero caído, se rompió a torear como hacía tiempo no se le veía. La faena al cuarto toro -noble pero soso- fue una auténtica exhibición de toreo clásico. De derechazos suaves y templados. De torear despacio y con la figura erguida. La oreja, a pesar de la frialdad del respetable tras la cornada, fue de enorme importancia. Sin embargo, con el deslucido sexto también cumplió Curro. Así pues, el de Linares se quitó la espina de su floja actuación con un sobrero de Montealto exigente pero con cierto interés. La tarde de Pepe Moral, mala -por debajo del encastado segundo- y preocupante para el torero, terminó con una fuerte pitada al caer el quinto toro. Lo que toca Guerra, se hunde.

Plaza de Toros de Las Ventas. 27° festejo de San Isidro. Más de 3/4 de entrada. Toros de Baltasar Ibán y un sobrero de Montealto, bien presentados y de complicado comportamiento. Curro Díaz: silencio, oreja y ovación con saludos. Pepe Moral: silencio y pitos. Román Collado: oreja en el toro que le hirió. 

  • Imagen vía: @LasVentas

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