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La Maestranza espera doce tardes para sentir el toreo con Pablo Aguado

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  • Crónica vía: PATRICIA PRUDENCIO

La Real Maestranza de Sevilla estaba preparada para la ocasión, ya por la mañana se colgaba el cartel de “No hay billetes”. Raro sería lo contrario. Días atrás se ha hablado de cartelazos, pero hoy era un cartel de lujo, Morante de la Puebla, Roca Rey y Pablo Aguado, tres joyas del escalafón que se encargarían de estoquear a los ejemplares de la ganadería de Jandilla. Unos astados que dieron posibilidades a los matadores, eso sí de terrenos muy selectos y de escasa duración en la faena –algo que vio Pablo Aguado-. Pablo Aguado protagonizó el festejo, toreó con despaciosidad, ejecutando faenas medidas con tandas bien llevadas coordinando los compases de ambos. Bien le valieron las cuatro orejas obtenidas por méritos propios, abriendo la Puerta del Príncipe. Morante hacía el paseíllo por última vez en la Feria de Sevilla y verdaderamente ha dejado calidad, torería y determinación, toda una declaración de intenciones. Solo cortó una oreja, pero su lote no dio para mucho más. Lo mismo le ocurrió al peruano, Andrés Roca Rey, a quien el desgaste de su primer toro en el capote, le pasó factura en la muleta, aún así destacó el riesgo y su estilo propio, cortando una oreja en su primer toro.

«Silencioso”, el primero de la tarde, salía de chiqueros inquieto, pero entrando con fijeza y repitiendo en el saludo capotero por verónicas de Morante de la Puebla. Mucha pelea en el caballo sin humillar. Con permiso, sin brindis y en las tablas el diestro esperaba al astado para probarle. Pasaba sin humillar y un mínimo casi imperceptible intento de colocar la cara. Se decidió por el pitón izquierdo, en verdad era el más potable, pero no rompía ni se encelaba en la tela. Por el derecho, sí había destellos de calidad, le bajó la mano le alargó la embestida y se la calibró, a pesar de cruzarse en su recorrido. La prontitud era limitada, sin embargo, hubo ligazón y lucimiento por parte de Morante, quien entendió a la perfección lo que el de Jandilla necesitaba. Pero tampoco se quedó con las ganas de compenetrarse por el pitón izquierdo, así que recuperó este pitón para rematar la faena con un estilo único. Le metió la mano sin fuerza, dejando la espada tendida y sin alcanzar la media estocada, lo que le condujo hacia el descabello. Lo echó todo por tierra.

Lentamente el diestro peruano caminaba arrastrando el capote hasta situarse ante la puerta de corrales. Recibió a “Herrador” en una Porta gayola frustrada, se le echó encima, razón por la que compensó al ponerse de rodillas ejecutando tres largas cambiadas y dos afaroladas. Buscaba su encuentro, pero sin avanzar más, sino que de rodillas configuraría la primera tanda de la faena. Le probó y el animal embestía con calidad descolgándose en la muleta. Fuera de los tercios hizo con él lo que quiso, lo sometió conduciéndole al ritmo que Andrés Roca Rey le iba marcando. Tenía fijeza, pero no la necesaria para las distancias cortas. Esta sería una de las razones por las que en mitad del natural este se frenara y desviara su recorrido, quedando el diestro prendido y entre las astas durante unos instantes que fueron eternos. Se recompuso pero la faena no volvería a hacerlo, el astado se resguardó en el tercio y no salió de sus terrenos. Cada vez más corto y descompuesto, no había nada más que hacer. Mató en tablas y con rotundidad, fue fulminante.

Pablo Aguado recibió en los vuelos de su capote a “Cafetero”, unos vuelos que captaron la atención del de Jandilla, que repitió hasta rematar. No llegando a genuflexo alternaba con naturales bajos y con desmayo con los que le fue sacando del tercio. Cuajó una serie por la mano izquierda que rozó la perfección, reflejo de ello era que por fin sonaba la banda. Con variedad en la muleta y llevándole a cámara lenta Aguado levantó a La Maestranza. No humillaba pero el temple y la mano baja hicieron que lo corrigiera, estaba ensimismado en la franela, no terminaba un muletazo y el animal ya tenía la cara dentro del siguiente. Le citaba desde delante, dándole el pecho para darle recorrido y tirar de él y meterlo en el siguiente natural. Supo entenderlo y antes de que este se rajara, decidió cambiar la ayuda por la espada, no había razón para prolongar una obra que no necesita retoques. Concluyó por trincherazos cortos para que después en la suerte suprema dejara una estocada limpia en la que la hundió hasta la bola, aunque algo atravesada. Doce días para ver una faena de este calibre en Sevilla.

Morante de la Puebla paró, sin demora, al cuarto de la tarde, un ejemplar de nombre “Gestor”, al que se le ejecutó unos lances de recibo con clase y torería. Demostró que sabe manejar el capote a la perfección, como si fuera algo sencillo. Morante buscaba lo que tanto merecía, así que inició la faena de rodillas junto a las tablas para después ponerse en pie y seguir tanteándole hasta sacarlo a los medios. Al compás de la primera serie empezaba a sonar la banda de música. Muy despacio y con mucho temple llevándole desde el extremo de la muleta hasta el final de su recorrido, unificó su embestida. Le dio tiempo, lo quería entero, pues el toro escaseaba en fuerzas y entraba en tres tiempos distintos. Necesitaba que le sometieran, con un toque fijador claro para que entrara y después se tirara de él para recuperarlo. Era finito, todo lo contrario a Morante, los medios no fueron la mejor opción, por lo que cambió los terrenos. Pero se rajó, no había manera, de hecho le soltó un derrote feo. En suerte natural, no fue tan efectiva pero lo rodó tras el aviso.

Roca Rey tenía que ajustar sus cuentas, tenía una oreja, le faltaban dos. Recibió a “Mosquero” en su capote con repetición y por abajo destacando el pitón derecho. Con la muleta en la mano se dirigió al medio para brindar, allí comenzaría la faena, alternando –atalonado en la arena- muletazos por la espalda. Le empezó dando salida, aunque cada vez le iba cerrando más hasta adentrarle en la muleta de esta forma conseguía la continuidad en los naturales. También le dio tiempo, no quería desgastar de nuevo su oportunidad. Sin embargo, el toro era pronto entrando por abajo pero saliendo por arriba, aún así le dejó lucir su Tauromaquia y variedad. Poco más le duraría su empeño en la muleta, razón por la que cambió la mano en busca de embestidas más prolongadas y uniformes, aunque faltas de calidad. Seguía la franela sin determinación, por lo que el peruano seguía en su empeño, pero ya estaba todo hecho. Falló en la espada, algo que no hizo en su segundo intento.

Los encargados de cerrar el festejo eran “Oceánico” y Pablo Aguado. El diestro lo frenó y enceló en su capote, donde le volvió a torear con un espectacular juego de brazos, como ya había demostrado antes. Es obligatorio destacar los pares de banderillas de Iván García, en el sitio y en la cara. Ahora sí, llegaba el turno de la franela y muy paciente le citaba, para que el animal pasara y así esperarle para que volviera. En las series, ya desarrolladas fuera del tercio y alejados del viento, le citaba dándole el pecho, para después, ayudado del brazo y su muñeca, realizará naturales infinitos que sucedían a cámara lenta. El animal no ponía de su parte, había que cruzarse si quería verle dentro de la muleta, por lo que perdió la prontitud, pero no la calidad por abajo. El de Jandilla colocaba la cara humillando hipnotizado en la tela, rompiendo en el engaño. No quiso alargar la faena, fue justa y medida, no había nada más que demostrar. Sin tener nada, Aguado supo sacárselo en el cierre. La suerte suprema le otorgaba la Puerta del Príncipe, se tiró y aunque cayó trasera fue fulminante.

Duodécima de abono en La Real Maestranza en la Feria de Sevilla. Lucía el cartel de “No hay billetes”. Con toros de la ganadería de Jandilla, astados con posibilidades, de escasa duración que medían las embestidas y se contaban los naturales a cuentagotas. Morante de la Puebla: silencio tras aviso y oreja tras aviso; Andrés Roca Rey: oreja y ovación; Pablo Aguado: dos orejas y dos orejas.

  • Imagen vía: @maestranzapagés

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