• Crónica vía: DAVID BUSTOS

De rosa y oro. El de los triunfos. El de las tardes especiales. Valencia transmitía gloria, esperanza. Ilusión por volver a ver a un torero de los grandes. De los que nunca se van y nada les puede. El rostro de Ureña al romper el paseíllo lo decía todo. Lo era todo para él. Esa ovación, ese cariño. La recompensa a tanto sufrimiento y dolor por volver a torear. Torear en mayúsculas. Como es él. Natural, sincero, puro. Muy puro. Ese quite por gahoneras, atornillado en el albero, fue el reencuentro con su vida. El toro. Surgían dudas de si era lo más acertado un mano a mano -tras la baja de José María Manzanares- para reaparecer. No era un reto fácil y menos enfrentándose a Enrique Ponce y la predilección que este tiene con la afición valenciana. Pero Ureña pronto resolvió esa incertidumbre, toreó con firmeza al segundo de la tarde, un toro ‘anovillado’ que, aunque tuvo nobleza, embistió con sosería en la muleta del murciano. Fue una faena para el torero, para volverse a sentir en una plaza. Para recuperar la confianza y aclarar la mente. La espada falló pero las sensaciones ahí estaban.

El cuarto fue un buen toro. Más serio, más bravo. Con ritmo y calidad en el último tercio, y la chispa que le faltó al resto del encierro lidiado hasta ese momento. Era el momento de reivindicar el lugar que nunca desocupó Ureña. El de la firmeza y la naturalidad. Se dobló con enorme torería en el inicio y volvió su mejor versión al natural: cargando la suerte, llevándolo largo y midiendo a la perfección los engaños en el embroque. Hubo muletazos a pies juntos, sentidos, de los de verdad. Los pases de pecho mirando al tendido fueron parte de su poderío frente a un toro que le permitió disfrutar como hacía meses que no lo hacía. Un pinchazo le privó del doble trofeo que, tras una segunda estocada en lo alto y efectiva, quedó finalmente quedó en una oreja de enorme importancia. Situación similar que vivió Ponce tras cuajar con una faena ‘marca de la casa’ al interesante quinto. El juampedro repetía y repetía con mucha clase y el torero no desaprovechó esa chispa para torearlo en redondo. Sin quitarle la muleta de la cara. Basó su faena en la mano derecha y faltó una serie rotunda con la izquierda. Aún así, la oreja que le hubiera dado una nueva Puerta Grande no cayó. Más bien, la espada no se la ganó.

Pocas opciones tuvo para hacer algo importante el diestro de Chiva con sus otros dos ejemplares. El primero y el tercero. Ambos deslucidos, a menos en la muleta de un voluntarioso Ponce. Pero todo quedó en eso, en voluntad y nula emoción por parte de los animales. Al tercero, tras una faena ‘a derechas’ y una estocada que le sirvió para que el toro cayera, le cortó el único trofeo de su tarde. Ureña tenía la opción de salir a hombros en la tarde de su vuelta a los ruedos. Debía cortarle la oreja al sexto y a punto estuvo de conseguirlo. La espada volvió a resistirse al primer intento y dejó sin recompensa una faena muy seria. Se la jugó el torero con un toro venido a menos y reservón de principio a fin. No se amedrentó Ureña -como si nada hubiera pasado en estos meses- que lo toreó de tú a tú en la corta distancia. Un arrimón sincero que concluyó con unas bernadinas muy ajustadas. La afición de Valencia, cariñosa con el matador desde que trenzó el paseíllo, le despidió con una fuerte ovación.

Plaza de Toros de Valencia. Octavo festejo de Las Fallas. Lleno de No Hay Billetes. Mano a mano. Toros de Juan Pedro Domecq, nobles pero faltos de transmisión. Destacaron cuarto y quinto. Enrique Ponce: silencio, oreja y ovación con saludos. Paco Ureña: silencio tras aviso, oreja y ovación con saludos tras aviso. 

  • Imagen vía: @TorosSCP

 

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