• Crónica vía: DAVID BUSTOS

Hablar de Valdemorillo con un corredor es hablar de palabras mayores. Valdemorillo no es un pueblo cualquiera de ese largo y duro calendario que completan los más `experimentados´ cada año. Su responsabilidad es mayor. Muy alta me atrevería a decir. Un punto de inflexión en la temporada de estos corredores; la complejidad de su recorrido, la seriedad de sus toros, su situación temporal en el inicio de año… 

Tras el primer encierro de Hato Blanco -novillada- durante la jornada del lunes y la ausencia de muchos aficionados por motivos laborales y académicos, se esperaba con ansia que llegara el fin de semana: La Palmosilla y Miura. Valdemorillo con San Blas y Pamplona con San Fermín compartiendo cartel en sus respectivas ferias. Un lujo. 

Las calles llenas hasta arriba de corredores. Muchos con experiencia pero otros con más `postureo´ que conocimiento. Un peligro más a tener en cuenta, por si no era suficiente la seria corrida que había traído La Palmosilla. Afortunadamente, todo salió bien. O medianamente bien. Los bueyes lideraron la carrera sin dar opción a los astados que quedaron rezagados a escasos metros de estos desde que se abrió el portón de los miedos. De hecho, al ejemplar de pelaje ensabanado le costó seguir el ritmo del resto de la manada en la primera parte del encierro. Más tensión se vivió en la recta previa a la bajada final; varios astados derrotaron -sin excesiva codicia- hacia los lados y dos jóvenes estuvieron a punto de ser cogidos cuando buscaban el sitio en el centro de la calle. Uno de ellos cayó y el pitón del astado rozó el cuerpo del mozo. Benditos milagros. 

La entrada a la plaza se desarrolló sin romper los esquemas: los mansos encabezando la carrera y los toros por detrás sin provocar ningún percance -caídas puntuales- a destacar. Tras enchiquerar el encierro de La Palmosilla, fue el turno de los dos toros de capea. Ambos completaron el recorrido de manera limpia y con enorme velocidad; sin embargo, el primero de ellos se dolió de una pata al golpear contra el vallado. Ya en la capea, ambos ofrecieron un variado juego: el primero, noble y con sus teclas, embistió mejor cuando le dieron su espacio y tiempo; el segundo, aunque le faltó empuje, permitió que se vieran -no era fácil- buenos detalles al recorte. La vaca resultó deslucida dentro de su noble condición debido a la falta de fijeza durante su suelta. Por último, cabe lamentar un percance que sufrió un hombre al resultar cogido por uno de los astados de capea cerca de tablas. Se vio obligado a pasar a la enfermería del coso. Ahora toca pensar… Mañana es día grande. Es el día de Miura.

  • Imagen de portada vía: RAÚL GARCÍA

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