Hacía falta un encierro que nos ayudase a viajar en el tiempo. A los encierros de hace años dónde los toros eran los protagonistas y no los bueyes. Dónde la emoción y el riesgo eran la clave de un espectáculo singular y único en el mundo. Los de Guadalest, en Sanse, rompieron los esquemas de cualquier entendido tras una suelta peligrosa, emocionante y con innumerables matices. Una tensión continua. Un gran encierro. 

Fue llegar a la subida hacia Postas y uno de los novillos, de capa negra, avisó: no iba a perdonar un fallo. Ni el más mínimo error. Derrotes bruscos al lado derecho hacían prever que la exigencia a los corredores iba a ser extrema. Como un tren enfiló la recta tras completar la curva y la orientación del astado limpió, sin «cornadas», el extremo de la vía. Al suelo fueron varios jóvenes antes de que los toros volvieran a coger la delantera de la manada. Hasta cinco ejemplares de Guadalest se pusieron en cabeza en la calle Real abriendo huecos pero a un ritmo veloz y con un peligro visible. Imposible templarlos. 

Momentos de tensión vivió un corredor de camiseta azul-grana cuando uno de los morlacos le prendió entre sus pitones y le arrastró sin consecuencias durante unos segundos. No bajaron la velocidad los animales en la bajada y lucirse en carrera fue una tarea de lo más complicado. ¿El callejón? Una lluvia de empujones y alguna caída en la entrada al coso. Un tiempo de 01:50 duró el emocionante encierro de Guadalest.

  • Crónica e imagen vía: DAVID BUSTOS ÁLVAREZ

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