Había un sentimiento de nervios e impaciencia en los tendidos de Vistalegre. Ganas de que el final de feria siguiera un rumbo distinto a lo visto en la semana. Y después del ‘Rey’, llegó el príncipe a su plaza. A su territorio. Urdiales volvió loco a Bilbao y lo consiguió toreando a placer al gran sexto de Alcurrucén que cerró la tarde. Con un toreo asentado y lleno de pureza cuajó con rotundidad al importante ejemplar, firme fue la labor con la diestra y profundo -templado y con muletazos de trazo lento- todo lo hecho con la izquierda. La naturalidad tan presente en su concepto resurgió en ‘su’ plaza. Con su gente. Y la victoria del triunfo cosechado se lo dedicó a otro héroe bilbaíno: Iván Fandiño. Juventud, emoción y lágrimas se vieron en otra nueva Puerta Grande del de Arnedo en Bilbao. Pero esta no fue una cualquiera, era el golpe de confirmación de que a pesar de navegar en dirección contraria a los estamentos, la justicia o la suerte, ponen a las cosas en su sitio. A cada uno en su lugar. Y Bilbao, independientemente del primer pinchazo, sabía que tras la rotunda estocada que puso fin al festejo, debía salir a hombros. Así fue. Así lo soñó. Vistalegre salió toreando.

Cuatro verónicas enroscadas y ‘toreras’ de Ponce recibían a ‘Tonadillo’, un toro bien hecho de Alcurrucén que obedeció con prontitud a los toques pero sin terminar de romper por abajo. Como los bravos hacen. Pronto y en la mano lo llevó ligado por el derecho, adormecido parecía seguir los trastos el ejemplar que sirvió para que Ponce se gustara a media altura. Pedían música pero cuando sonó aquello ya no tenía solución. Por el pitón izquierdo acusó aún más esa falta de entrega y el lucimiento quedó en pequeños destellos del inicio de faena. La ausencia de improvisación del diestro hizo que la labor de Ponce resultará lineal y sin la rotundidad necesaria para que el toro fuera a más. En lo alto y con soltura cogió Barroso al castaño chorreado de Alcurrucén que manseó en los primeros compases pero al que pareció venirle bien la quietud de El Juli en el comienzo de faena. Por delante, de pecho. Ni un paso hacía atrás dio el de San Blas frente a un toro desfondado que bajó la persiana pronto. Otro inicio esperanzador con un final descastado del animal que se abría en cada muletazo buscando la querencia a tablas. Así poco se podía hacer, nada pudo sacar el torero madrileño que no cesó de intentarlo con la mano izquierda. Efectiva resultó la estocada previa a los pitos en el arrastre.

La gente estaba con Urdiales y eso se notó desde que pisó el albero bilbaíno. Si el sistema no le quiere, la afición no le olvida. Dos tandas de sometimiento con la diestra provocaron que la fijeza del toro fuera superior a la ofrecida en los capotes. Subía el calibre de la faena y se hacía necesario romper al toro con la mano izquierda. No iba a ser tarea fácil pero ahí había un torero de verdad. De los que no se amedrentan y al natural lo demostró. Con ciertos altibajos hizo frente al encastado y buen toro que le tocó en suerte. Logró dar profundidad a algunos de sus muletazos, a otros no tanto, pero el mérito y la disposición no dejaron de estar presentes. De poder a poder. Retumbaban los ‘oles’ del respetable y la música de fondo acompañaba la torería del matador. La pureza que tanta falta hacía en Bilbao apareció y con fuerza. Una oreja arrancó el torero en su vuelta a las grandes ferias tras tirarse con verdad para matar en lo alto a su oponente. Pronto se echó el toro que gustó a Vistalegre y dio importancia a lo hecho por Urdiales. Sabor a gloria tuvo la vuelta al ruedo del matador. También la ovación al animal. Guerra quería dar Ponce y toro tenía para ello. Ahora sí sacó el torero la experiencia de su larga carrera para apretar y hacer que el cuarto de Alcurrucén rompiera a mejor. Se encontró con su mejor versión el matador que lo toreó ligado y en redondo haciendo honor a su concepto. No duró tanto como se esperaba la trasmisión del astado pero en manos de Ponce los defectos se maquillan. Esa es la realidad y virtud -a pesar de torear aseado en algunos momentos de la lidia- de sus manos pero la suerte de Aste Nagusia no le acompañó para redondear la obra. Dos pinchazos desesperaron al torero que se fue de vacío en ambas comparecencias. La afición le recompensó ese esfuerzo con una sentida ovación de despedida.

Todo el mundo lo celebraba, aunque suene con maldad, todos deseaban ver a «Lancero». Segundo sobrero pero titular en quinto lugar tras sustituir a dos inválidos previos a él. Una pintura en el campo y una belleza en la plaza. Un Toro y un ‘tío’ que no regaló nada. Hasta quiso rajarse. Pero el poderío de Julián fue intachable. Sudo y tragó lo que no está escrito para cuajar por ambos pitones a un ejemplar de mucho trapío y poca entrega. Costó que el animal siguiera los vuelos de la muleta sin buscar la salida pero la firmeza de una figura como El Juli le permitió sacar varias tandas de intensidad e incuestionable mérito. Continuos derrotes hacia el cuerpo del torero dejaron entre-ver que el final de la faena debía llegar pronto y, aunque alargó con un notable esfuerzo, cesó en su búsqueda del trofeo. La espada y sus ‘volapies’ no le sirvieron y el toro, aplaudido más por su trapío que por su juego, tardó en caer.

Plaza de Toros de Vistalegre (Bilbao). Octavo festejo de la feria. En torno a tres cuartos de entrada. Toros de Alcurrucén, de variado juego y presentación. Enrique Ponce: silencio y ovación con saludos. «El Juli»: silencio y ovación con saludos. Diego Urdiales: oreja y dos orejas. 

  • Crónica vía: DAVID BUSTOS ÁLVAREZ
  • Imagen vía: MANU DE ALBA

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