Se veían anuncios de Ron de Medellín por doquier. Cuando se escucharon los himnos de Colombia y Antioquia. Salieron entonces acompañados del paso-doble Virgen de La Macarena, los diestros Juan Bautista, Luis Miguel Castrillon y Jesús Enrique Colombo, que lidiarían seis muy bien presentados toros de Santa Bárbara. Dieron juego, todos exigieron y otros le pudieron a los diestros (al paisano y al venezolano).

Salió entonces el primer cornúpeta de la tarde. Se paró en las terminaciones de la puerta de los sustos, analizando el albero desde las alturas de su testuz. Le llamaron subalternos del francés para que él le pudiera luego ejecutar unas templadísimas verónicas a pies juntos para sacar a los medios al toro que, cada paso movimiento que realizaba, parecía por instantes que los racionalizaba. Se vino arriba con la pica. Ya en la muleta, el de Arles sostuvo con el rojizo trapo al toro que no quería estar. Sin embargo, Bautista le mandó, lidió y arrancó un par de tandas al natural y otras de eterna ejecución. Pinchó y perdió la única oreja que seguramente pudo estar justificada de la tarde. En su segundo, se encontró con un toro que estaba sujetado de agujas. Lo toreó a media altura, entendiéndolo. Y aunque poco o nada realmente transmitió, la faena tuvo gran importancia al arrancarle pases. Algunos de gran importancia, otros sin sentido y otros trompicados porque el toro se quedaba a la mitad del trazo. Entró a matar recibiendo, dejando media estocada y otra entera. Descabelló. Una oreja merecida. Aunque quién escribe considera que con una aclamada vuelta al ruedo hubiese estado mejor.

Lo de Castrillon es algo muy aparte de lo que por lo general se considera de torero. El muchacho no pudo con dos toros. Uno no fue fácil y el otro simplemente tenía cara de toro. Aunque es uno de los pocos toreros en Colombia que torea con frecuencia, realmente no se sabe por qué, los dos toros estuvieron muy por encima de él. En su primero pegó trapazos a velocidad de abanico en los que cabía otro toro entre el lidiado y el paisano. En su segundo sólo pegó doblones sin sentido. A una estampa de toro que fue ovacionado fuertemente en el arrastre. A Castrillon se lo comió vivo el miedo. 

En el primer toro de Colombo lo único por escribir puede ser que atravesó con una puntería excepcional al toro. Por el mismo hoyo que salió en el costillar del toro, por ahí mismo salió la segunda. Casi devuelven vivo al toro. Por último, se vio la tramposa faena de Colombo. Una faena en la que no paró de moverle la muleta al toro como sí de una ondeante bandera se tratase. Se lo hizo a un pedazo de toro, que nunca paró de embestir abajo. Barriendo la arena con el hocico. Haciendo el avión. Abriéndose después del engañoso muletazo del venezolano. Y aunque en las primeras impresiones, al toro no se le veía acometividad. Tuvo que llegar al tercer castigo en el caballo para que se viniera arriba el toro de fascinantes hechuras y bueno juego. Cayó el bravo ejemplar y varios pañuelos salieron de los bolsillos de los aficionados. Y otras cuantas más manos ejecutando circunferencias hacia la presidencia. Le dieron una oreja y la bandera azul aún no se asomó, de modo que se siguió pidiendo el premio al toro. Sacó la presidencia otro pañuelo blanco. Más nada pasó.

Tercera corrida de la Feria de La Macarena en Medellín. Toros de Santa Bárbara. Muy bien presentados, unos más que otros. Desiguales de juego. Media entrada. Juan Bautista: saludo; oreja. Castrillon: silencio; silencio. Colombo: dos avisos, silencio; dos orejas. 

  • Crónica vía: Juan José Monróy (@Juan_pepee)

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