Un desastre. Ese es el único adjetivo que se me ocurre para el bochorno de ayer en la Santamaría. Ni los toros, ni los toreros, ni el palco presidencial estuvieron a la altura de lo que significa venir a la plaza mas importante de América del Sur. ¿Se merece esto la afición de Bogotá? ¿Nos merecemos este lánguido espectáculo los aficionados que nos sacamos la plata de donde no la tenemos para comprarnos un abono de fila 20? Me niego a pensar a que los interrogantes anteriores se puedan responder afirmativamente.

Empecemos pues a resumir el desastre con el primer causante de la desgracia: el ganadero Gonzalo Sanz de Santamaría. ¿En qué pensaba cuando envío a la plaza un encierro con dos novillos vulgares? Ni siquiera lo lidiado en Puente Piedra (un coso de tercera categoría) a mitad de año fue tan mal presentado. A excepción del primer toro, que fue aplaudido de salida, y el cuarto, que tenía una muy buena estampa, todos eran esmirriados y estaban cercanos a la desnutrición. De la casta mejor ni hablar: a excepción del ya mencionado cuarto, que tuvo una bella pelea en varas, los demás se acobardaron penosamente ante el castigo. Uno de ellos, el primero de la tarde, salió escupido del peto en dos ocasiones y tuvo que ser vareado por el piquero de querencia. Otro de ellos, el lidiado en segundo lugar, se asustaba ante la mera presencia de las cabalgaduras y se fue al terció de muleta sin recibir castigo.

Pasemos a los toreros. Si bien las posibilidades de triunfo estaban determinadas por la mansada sosa y descastada corrida, esto no es óbice para hacer las cosas tan chapuceramente. Ramsés, Escribano y Román ejecutaron lidias pesadas, transversalizadas por detalles de ordinariez y tosquedad. Ni templaron, ni ligaron, ni cargaron la suerte, ni se cruzaron, ni muchísimo menos torearon. Por el contrario, atosigaron a sus toros con muletazos por alto que terminaron por acentuar los defectos que ya acusaban. Mención especial para el español Manuel Escribano que tuvo una actuación especialmente lamentable. Nulo con el capote, esperpéntico con las banderillas, torpe con la muleta y pesado con los aceros. Estoy seguro de que en Colombia tenemos toreros que pueden hacer las cosas mucho mejor.

En lo que respecta al palco presidencial hay que poner de manifiesto que estuvo, a lo menos, pueblerino. Premió con música varias faenas insulsas y sin trascendencia. Cambió el tercio en tres ocasiones con solo dos pares de banderillas en los lomos de los astados. Para terminar, le regaló una oreja a Román tras una petición que ni siquiera fue mayoritaria.

En conclusión, todo fue un desastre. Un irrespeto a la afición que fue con devoción a ver la corrida del hierro insigne de la ciudad. Espero de todo corazón que la empresa tome atenta nota de lo ocurrido y así, en próximas ocasiones, componga mejores carteles. También espero que no se cumpla el adagio colombiano que prevé que así como está el desayuno va a estar el almuerzo. Otro espectáculo de estos y los mismos taurinos habrán logrado el cometido que se han planteado algunos intolerantes: acabar de plano con la afición a los toros.

Ficha del Festejo: Primera de abono en Bogotá. 1/4 de plaza. Se lidiaron toros de Mondoñedo de desigual presentación. Varios de ellos anovillados. En general descastados, sosos y mansos. Ramsés: estocada tendida (silencio); bajonazo (silencio). Escribano: pinchazo y estocada delantera (leves palmas); vulgar estocada que hace guardia, pinchazo y estocada trasera (inexplicable saludo tras división de opiniones).  Román: pinchazo sin soltar y estocada trasera (vuelta al ruedo tras petición); estocada trasera (oreja).

* Nota: Para destacar la actuación de Ricardo Santana en la brega y Carlos Garrido en las banderillas. Tiene Colombia dos grandes toreros de plata. También muy buena la pica de Adelmo Velásquez al cuarto de la tarde.

  • Crónica vía: Juan Camilo Caicedo (@jchipi)

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